En los años 20, cuando la aviación apenas comenzaba a despegar en España, San Sebastián aspiraba a convertirse en una referencia del transporte aéreo nacional e internacional. El protagonista de estos primeros sueños fue el Aeródromo de Lasarte, gestionado por la Sociedad Anónima OTIE (Oficina Técnica de Importación y Exportación), con base en la capital guipuzcoana.
A finales de 1921, el Ministerio de la Guerra emitió un informe favorable, y el 7 de febrero de 1922 el Ministerio de Fomento autorizó oficialmente a OTIE a establecer una línea aérea entre San Sebastián y Madrid para pasajeros y correo urgente. La ruta contemplaba dos itinerarios distintos, pasando por ciudades como Burgos, Vitoria, Zaragoza o Pamplona, y utilizando diversos campos de aterrizaje alternativos. El objetivo no era solo conectar Madrid con San Sebastián, sino también facilitar los enlaces con Francia y el resto de Europa.
Se bendijeron los aviones de la compañía en el campo de vuelo de Lasarte —entre ellos un Sopwith, un Caudron G, un Farman y un Avro—, se celebró un lunch en el hangar y se realizaron vuelos de bautismo. Sin embargo, y a pesar del entusiasmo inicial, los vuelos regulares nunca llegaron a consolidarse.
En paralelo, Francia impulsaba ambiciosos planes a través del industrial Pierre Georges Latécoère, interesado en conectar Toulouse y otras ciudades europeas con África occidental, pasando por San Sebastián y utilizando hidroaviones.
Surgió entonces una nueva empresa, Aero Española, con base en Errenteria y con el objetivo de unir la península con Canarias y, desde allí, enlazar con Sudamérica. La idea era volar desde San Sebastián, pasando por Cádiz, hasta llegar a Cabo Juby y las islas. El recorrido superaba los 2.700 kilómetros, con más de 300 kilómetros realizados sobre el mar.
Francisco Rubio Fernández, abogado madrileño y defensor de estos proyectos, solicitó en 1924 al Ayuntamiento de San Sebastián que se declarase la utilidad pública de la línea San Sebastián–Canarias. El estudio técnico cifraba la inversión necesaria en más de 8 millones de pesetas, incluyendo hidroaviones, motores, hangares, estaciones meteorológicas y combustible. Pese al respaldo institucional, las dificultades técnicas y económicas truncaron también este segundo intento.
El Aeródromo de Lasarte, mientras tanto, acogía vuelos turísticos, entrenamientos militares y demostraciones públicas. En septiembre de 1923, se celebró en San Sebastián un festival aéreo con la participación de hidroaviones argentinos y pilotos internacionales.
Sin embargo, el debate sobre el uso futuro del terreno se intensificaba. OTIE abandonó definitivamente Lasarte en 1923, y el Ayuntamiento empezó a estudiar otras ubicaciones o incluso usos alternativos del espacio, como el fomento de la equitación, el fútbol o el desarrollo del hipódromo.
En 1925, para resolver el conflicto sobre el emplazamiento del futuro aeropuerto, se convocó un concurso de ideas. Entre las propuestas destacaba la del arquitecto municipal Juan Machimbarrena, que sugería trasladar el aeródromo al valle entre Martutene y Ergobia, con acceso por autobús y tranvía, y espacio suficiente para construir una pista de 1.000 metros. El coste estimado era de más de 5 millones de pesetas.
A pesar de todos estos esfuerzos, el aeródromo de Lasarte no logró convertirse en el aeropuerto definitivo de San Sebastián. Pero su historia refleja el entusiasmo de una época pionera, en la que la aviación despertaba sueños que, aunque no siempre despegaran, ayudaron a imaginar el futuro de la conectividad aérea.


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