Cuando volamos, ascendemos a alturas donde el aire es mucho más fino que a nivel del mar. Esto significa que hay menos oxígeno disponible y la presión es tan baja que ni siquiera podríamos retener aire en los pulmones cerrando la boca y la nariz. No es como cuando buceamos y aguantamos la respiración bajo el agua; en un avión sin presurización, el aire dentro de nuestro cuerpo se expandiría y simplemente saldría, haciendo imposible mantenerlo dentro.
Como en esas alturas el aire es muy fino y cuesta mucho respirar, el aire tiende a expandirse. El avión ‘rellena’ su interior con aire a presión más parecida a la que hay en tierra. Este es el sistema de presurización. Es como si creara un ambiente artificial dentro del avión, parecido al que tendríamos en una montaña, para que no notemos los efectos de estar tan alto.
El aire que respiramos dentro del avión proviene de los motores y pasa por un sistema de regulación que lo comprime y lo ajusta para mantener una presión adecuada. Aunque los vuelos comerciales pueden alcanzar los 11.000 metros de altitud, el interior del avión se mantiene a una presión equivalente a estar a unos 2.400 metros, más o menos como si estuviéramos en una ciudad en los Andes o en una estación de esquí de gran altitud.
Sin esta regulación, los efectos en el cuerpo serían bastante incómodos. Podríamos experimentar mareos o dolor de cabeza. En casos extremos, puede aparecer la hipoxia, que es la falta de oxígeno en la sangre y puede provocar desmayos, confusión e incluso la muerte. Además, la diferencia de presión podría hacer que el aire atrapado en los oídos o en los senos nasales se expandiera de manera brusca, causando dolor.
Cuando el avión asciende o desciende, el sistema de presurización ajusta la presión interior de manera gradual, para evitar efectos incómodos. Este cambio se hace lentamente, para permitir que nuestro cuerpo se adapte sin que la diferencia de presión cause molestias, como dolor en los oídos o dificultad para respirar.
Sin embargo, en situaciones excepcionales, como una despresurización rápida (en caso de un fallo en este sistema o pérdida de presurización por otro motivo), la presión en la cabina puede caer abruptamente. Esto no es algo común, pero si sucediera, el avión está diseñado para reducir la altitud rápidamente, llevando el avión a una zona donde la presión sea más soportable para los pasajeros. Los aviones también cuentan con máscaras de oxígeno que se despliegan automáticamente en caso de despresurización, para que los pasajeros puedan respirar con normalidad mientras se resuelve la situación.
Este sistema también afecta a las mascotas que viajan en bodega. Algunas razas de perros y gatos, como los bulldogs o los persas denominados braquicéfalos, tienen más dificultades para respirar, por lo que cualquier variación en la presión puede afectarles más que a otros animales.
Incluso en vuelos más cortos, como los que operan en aeropuertos pequeños como el de San Sebastián, la presurización sigue siendo clave. Aunque en estos trayectos no se sube tan alto como los de largo radio, siguen alcanzando altitudes donde el aire es demasiado fino para respirar con normalidad. La presurización, en definitiva, es lo que nos permite viajar cómodamente sin preocuparnos por la falta de oxígeno o los efectos de la altitud.


Deja un comentario