Cuando subimos a un avión, pocas veces nos paramos a pensar en todo lo que ocurre para que ese enorme aparato, cargado de personas, maletas y combustible, logre despegar. En el caso del Aeropuerto de San Sebastián (también conocido como Hondarribia o Fuenterrabía), con una pista más corta que la de la mayoría de aeropuertos comerciales (1.754 metros), entender cómo vuelan los aviones cobra aún más sentido. La clave está en una palabra: empuje.
El empuje es la fuerza que generan los motores para mover el avión hacia adelante. En la mayoría de los casos, los aviones comerciales usan motores a reacción, que succionan aire por la parte frontal, lo comprimen, lo mezclan con combustible y lo hacen explotar de forma controlada en una cámara de combustión. El aire caliente y los gases generados salen disparados hacia atrás, creando una reacción que empuja el avión hacia adelante.
Esta idea se basa en la tercera ley de Newton: toda acción tiene una reacción igual y opuesta. Ese empuje es esencial para que el avión alcance la velocidad necesaria para generar sustentación, la fuerza que permite que el avión se eleve gracias al diseño de las alas.
Aunque en Hondarribia operan aviones más pequeños que en grandes aeropuertos internacionales, el funcionamiento sigue siendo exactamente el mismo. La diferencia está en los detalles. Para operar en una pista más corta, los aviones deben lograr velocidad de despegue más rápido y frenar en menos espacio al aterrizar. Por eso es tan importante que el empuje del motor sea el adecuado y que el diseño del motor permita eficiencia y seguridad.
Hoy en día, los motores más comunes en aviones comerciales son los turbofan, que combinan eficiencia y potencia. Gracias a una gran turbina en su entrada, estos motores mueven grandes volúmenes de aire, tanto por el interior como por el exterior del motor, lo que permite ahorrar combustible y reducir el ruido. Este aire sale por la parte trasera a través de algo parecido a un embudo concentrando la potencia.
Aviones como los Embraer E195, que operan en el Aeropuerto de San Sebastián, utilizan este tipo de motor. Aunque en otros aeropuertos regionales es común ver aviones con motores turbohélice, como los ATR, actualmente estos modelos que usa Air Nostrum ya no operan en Hondarribia, sustituidos por los A319 de Iberia que usan turbofan.
Aunque los turbofan son los más usados en la aviación comercial moderna, existen otros tipos de motores adaptados a distintas necesidades. Los motores de pistón, parecidos a los de un coche, se usan en pequeñas avionetas. Los turborreactores, más potentes pero menos eficientes, se ven hoy sobre todo en aviones militares.
Por último, están los turboeje, muy comunes en helicópteros, que aprovechan la energía para mover un eje en lugar de una hélice. Cada uno de estos motores tiene sus ventajas según el tipo de vuelo y aeronave, pero todos siguen un mismo principio: generar empuje para volar.
El desarrollo de los motores ha sido clave para que aviones puedan operar en pistas más cortas, como la de Hondarribia. Desde la eficiencia del turbofan hasta la potencia controlada del turbohélice, cada motor se adapta al entorno y condiciones del aeropuerto. Así que, la próxima vez que veas un avión despegar desde San Sebastián, recuerda que, detrás de ese rugido de motores, hay ciencia, ingeniería y mucha potencia trabajando para que ese vuelo sea posible.


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