La seguridad es una pieza clave en cualquier operación aérea, especialmente en el momento del aterrizaje, que es una de las fases más delicadas del vuelo. Para facilitar esta maniobra y reducir el margen de error, los aeropuertos cuentan con sistemas visuales que ayudan a los pilotos a guiarse, sobre todo cuando la visibilidad es reducida.
Uno de los más importantes es el sistema PAPI, también presente en el Aeropuerto de San Sebastián. Se trata de un conjunto de luces colocadas al lado de la pista que el piloto ve desde la cabina como una combinación de luces blancas y rojas.
PAPI son las siglas en inglés de Precision Approach Path Indicator, que en español significa Indicador de Trayectoria de Aproximación de Precisión. Según los colores que aparecen, el piloto sabe si está descendiendo por el ángulo correcto: por ejemplo, dos luces blancas y dos rojas indican que va por buen camino; si ve más luces blancas, es que va demasiado alto; y si ve más luces rojas, demasiado bajo. Este sistema, que puede parecer simple, resulta crucial para conseguir un aterrizaje seguro, especialmente cuando no hay referencias visuales claras en el exterior.
La utilidad de estas ayudas visuales se vuelve aún más evidente en aeropuertos como el de San Sebastián, donde las aproximaciones son complejas por la geografía que lo rodea. Situado en Hondarribia, entre el mar y montañas, el entorno obliga a los pilotos a realizar maniobras más precisas, y cualquier apoyo adicional marca la diferencia.
Hoy en día, los aeropuertos combinan diferentes tecnologías visuales para asistir a los pilotos. En el pasado, cuando la aviación estaba en sus primeras etapas, las señales eran mucho más rudimentarias: banderas, humo o personas en tierra indicando la dirección. Con el tiempo, y especialmente tras la Segunda Guerra Mundial, la tecnología avanzó de forma espectacular, incorporando radioayudas, radares y sistemas de iluminación cada vez más sofisticados.
En el caso del Aeropuerto de San Sebastián, el sistema PAPI está instalado en ambos extremos de su única pista. A esos extremos se les llama cabeceras, y su número indica la dirección hacia la que se aterriza. En la cabecera 04 (comienza en el regato de Mendelu), el ángulo de aproximación que marca el PAPI es de 4,75 grados, bastante más pronunciado que el habitual, que ronda los 3 grados. Este ángulo más inclinado se debe a que el avión necesita sobrevolar terrenos con edificaciones antes de tocar pista.
En cambio, en la cabecera 22, donde la aproximación se realiza desde el mar, el ángulo es de 3 grados, más estándar. En ambas cabeceras, el sistema está ajustado para que, si el piloto sigue correctamente las indicaciones de luces, el avión cruce el comienzo de pista a una altura segura. Esa altura, que se mide desde el nivel del suelo hasta los ojos del piloto sentado en la cabina, es de unos 15 metros en ambos sentidos. Aunque suene técnico, esto garantiza que el avión llegue con el tren de aterrizaje en la posición adecuada para tomar tierra de forma controlada y sin riesgos.
Además del sistema PAPI, la pista está equipada con otras luces que también orientan al piloto. A lo largo del centro de la pista hay una línea de luces, llamadas luces de eje, que cambian de color a medida que el avión se acerca al final: comienzan en blanco, luego combinan blanco y rojo, y finalmente son solo rojas.
En los bordes hay otra línea de luces que también varían, empezando en blanco, pasando a amarillo y terminando en rojo. Este código de colores sirve para que, incluso en condiciones de poca visibilidad o de noche, el piloto sepa cuánta pista le queda por delante para aterrizar o frenar. Todas estas luces, en el caso de Hondarribia, son de baja intensidad pero con tecnología LED, lo que las hace más eficientes y visibles.
Aunque el Aeropuerto de San Sebastián no cuenta con sistemas de aterrizaje por instrumentos tan avanzados como el ILS, que permiten aterrizajes automáticos o con muy poca visibilidad, sí dispone de otras ayudas que compensan esa ausencia. Entre ellas están las luces de umbral, que marcan el inicio de la pista útil para el aterrizaje; las luces de plataforma de viraje, que ayudan al piloto a girar en el extremo de la pista cuando no hay calles de rodaje laterales; y un sistema moderno de aproximación por satélite, que guía al avión mediante GPS en lugar de antenas en tierra.
Todo esto está diseñado con un objetivo claro: ayudar al piloto a aterrizar de forma segura, incluso en condiciones difíciles. Y en un aeropuerto como el de San Sebastián, donde el tiempo puede cambiar en cuestión de minutos y el terreno no da margen al error, cada detalle cuenta.
Por eso, aunque para el pasajero las luces del aeropuerto puedan parecer un simple detalle técnico o decorativo, detrás de cada una hay una lógica precisa. El sistema PAPI es una más de esas herramientas silenciosas que ayudan a que el vuelo termine con éxito. Y en un entorno tan particular como el de Hondarribia, rodeado de mar y montañas, se convierte en una ayuda imprescindible día tras día.


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