A principios de 1909, tres jóvenes visionarios de San Sebastián, Vicente Ameztoy, Felipe María de Azcona y Juan Múgica, decidieron que los avances en aviación que ya se veían en Europa no podían ser ajenos a España. Inspirados en los vuelos de los hermanos Wright en Francia y en la naciente prensa aeronáutica, comenzaron a diseñar su propio biplano. No tenían estudios de ingeniería ni financiación, solo su pasión y su ingenio.
El taller de Múgica, en la calle Miracruz de San Sebastián, se convirtió en el centro de operaciones. Allí fabricaron con sus propias manos un avión con una envergadura de unos 13 metros, construido en madera de pino canadiense y con una estructura que imitaba los diseños más avanzados de la época. El motor, un automóvil de 40 caballos de vapor adaptado, movía las hélices mediante un sistema de cadenas. Una solución innovadora, pero también arriesgada.
Aunque las primeras reacciones fueron de escepticismo (la prensa de la época recoge bromas y burlas) el proyecto fue tomando cuerpo. Los jóvenes no solo aspiraban a volar en San Sebastián, sino que planeaban llevar su invento a ciudades como Pamplona o Vitoria, donde los terrenos abiertos ofrecían mejores condiciones para las pruebas.
El lugar escogido para el primer intento serio de vuelo fue la campa de Lakua, en Vitoria. El Ayuntamiento, entusiasmado con la idea de que fuera la primera ciudad de España en ver volar un avión, ofreció a los donostiarras un hangar improvisado y un modesto subsidio. La expectación era enorme: la construcción del hangar, el traslado del avión y cada etapa del montaje eran seguidos con atención por los vitorianos.
A medida que avanzaba el verano, la emoción crecía. La prensa local anunciaba el inminente vuelo y se organizaban excursiones para presenciarlo. Incluso se había invitado al rey Alfonso XIII, que no pudo asistir.
El avión, bautizado como “AMA” (por las iniciales de Ameztoy, Múgica y Azcona), estaba listo a mediados de julio. La estructura de alas biplano, los timones de profundidad y dirección, y los alerones (una novedad en la época) daban al aparato una apariencia avanzada. Pese a la falta de experiencia, los tres pioneros habían comprendido principios básicos de aerodinámica observando los vuelos de los Wright.
Sin embargo, el camino no fue fácil. Hubo que hacer ajustes en el motor, reforzar las hélices y solventar problemas mecánicos. Para trasladar el AMA desde San Sebastián a Vitoria, los tres jóvenes desmontaron cuidadosamente las piezas del biplano y las cargaron en un automóvil de la época, acompañados por un carro que llevaba las partes más voluminosas, como las alas. Además, durante el viaje en automóvil desde San Sebastián a Vitoria, los jóvenes sufrieron un pequeño accidente, por suerte sin consecuencias, que retrasó unos días las pruebas.
Finalmente, el 4 de agosto de 1909, coincidiendo con las fiestas patronales de Vitoria, el AMA realizó su primer intento serio de vuelo. Tras varios ensayos, con el aparato rodando sobre un carril improvisado, se soltó la cuerda de sujeción. Vicente Ameztoy, a los mandos, logró que el avión se elevase unos metros sobre el suelo. El vuelo fue breve y accidentado, pero constituyó el primer intento documentado de vuelo de un avión diseñado y construido en España.
Al aterrizar, Ameztoy tuvo que esquivar un carro que cruzaba la campa, y el avión sufrió daños que resultaron irreparables. A pesar del revés, la proeza quedó en la historia: tres jóvenes donostiarras, con medios artesanales, habían logrado algo que aún nadie había conseguido en nuestro país.
En el contexto internacional, aquel verano fue clave para la aviación. En julio de 1909, el francés Louis Blériot cruzaba el Canal de la Mancha en su monoplano, convirtiéndose en héroe mundial. En España, otros pioneros como Pedro Vives Vich, José Ortiz Echagüe o Emilio Herrera apenas empezaban a soñar con volar. El AMA de Ameztoy, Azcona y Múgica fue, por tanto, el primer avión español en despegar, aunque fuera por unos metros, antes que los modelos de otros constructores.
El intento de los donostiarras no quedó en anécdota. De hecho, inspiró a otros. Un joven vitoriano que presenció el vuelo, Heraclio Alfaro Fournier, hijo del conocido fabricante de naipes, construiría en 1910 su propio planeador, y años después sería uno de los ingenieros aeronáuticos más destacados de España. Además, la campa de Lacua se consolidó como el primer aeródromo alavés y sería sede de exhibiciones aéreas en los años siguientes.
Aunque los tres pioneros no continuaron con el proyecto (tras el accidente no reconstruyeron el AMA), su aventura marcó el inicio de la aviación en Euskadi y en España. Ni las burlas iniciales ni la falta de recursos detuvieron su sueño. Con pasión y trabajo en equipo, demostraron que también aquí se podía mirar al cielo.
Hoy, más de un siglo después, el Aeropuerto de San Sebastián (Hondarribia) sigue siendo testigo de esa misma inquietud por volar. Y quizá pocos de los que hoy despegan o aterrizan allí saben que fueron tres donostiarras quienes, en 1909, dieron el primer paso hacia ese sueño.


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