Antes de que existiera el Aeropuerto de San Sebastián, cuando Hondarribia aún no estaba asociada a despegues ni aterrizajes, la aviación ya había rozado Gipuzkoa de una forma tan inesperada como memorable. Ocurrió en mayo de 1919 y tuvo como escenario el hipódromo cuando el primer avión aterrizó en Lasarte. Aquel día, sin saberlo, se colocó una de las primeras piedras de la relación entre este territorio y el cielo.
La expresión que mejor sitúa este episodio es “orígenes de la aviación en Gipuzkoa”, entendidos como parte de un proceso más amplio. Aunque no fue el primer vuelo en la provincia, sí supuso uno de los primeros aterrizajes e incidentes documentados en el entorno. El avión no tomó tierra en Donostia ni en Fuenterrabía, pero lo hizo a pocos kilómetros, lo suficiente para consolidar un capítulo relevante en la historia aérea del territorio.
Conviene detenerse un momento en el lugar de los hechos. Lasarte-Oria es una localidad situada al sur de San Sebastián, en el eje natural que conecta Donostia con el interior de Gipuzkoa. A comienzos del siglo XX era un entorno abierto, con amplias zonas rurales y buenas comunicaciones ferroviarias, lo que explicaba la presencia de «un gran hipódromo». Ese espacio, pensado para carreras de caballos y eventos multitudinarios, reunía sin saberlo las condiciones ideales para los primeros aviones: terreno despejado, accesible y fácilmente identificable desde el aire.
Una mañana de mayo, los donostiarras miraban al cielo con curiosidad. Un avión sobrevolaba la ciudad con movimientos poco decididos, como quien busca aparcamiento en una calle que no conoce. No era una exhibición ni una visita programada. Era una aeronave real, con pilotos reales y un problema muy concreto: el mal tiempo les impedía orientarse con precisión. Volaban siguiendo mapas y referencias visuales, algo habitual en una época sin radares ni ayudas electrónicas.
El avión era un Bristol Fighter, un modelo británico biplano, robusto y muy conocido tras la Primera Guerra Mundial. Para entenderlo hoy, bastaría imaginar un coche militar reconvertido en vehículo de largo recorrido. No era un avión de pasajeros, pero sí fiable para trayectos largos. Sus dos ocupantes eran jóvenes militares ingleses del Cuerpo de Aviación, que realizaban el trayecto Londres–Madrid, una auténtica aventura aérea para la época.
Al no poder continuar con seguridad, recurrieron a su plano de vuelo. En él figuraba una zona adecuada para tomar tierra cerca de San Sebastián: el hipódromo de Lasarte. Aquella gran explanada, pensada para carreras de caballos, tenía lo que necesitaba un avión de 1919. Con espacio, visibilidad y suelo relativamente firme, la decisión fue rápida y eficaz. El avión descendió y aterrizó ante la sorpresa general.
El impacto en la localidad fue inmediato. La población acudió en masa para ver de cerca aquel “pájaro de hierro” que hasta entonces solo habían observado desde lejos. Para muchos, era la primera vez que veían un avión detenido, al alcance de la mano. El acontecimiento trascendía lo técnico. Era la materialización de un futuro que apenas empezaba a intuirse.
La recepción fue tan institucional como cercana. El alcalde pedáneo encabezó la bienvenida y la Guardia Civil se hizo cargo del aparato, custodiándolo durante la noche. Hoy puede sonar exagerado, pero entonces un avión era un objeto extremadamente valioso, frágil y todavía extraño. Había que protegerlo.
Los pilotos fueron trasladados a Donostia y alojados en el emblemático Hotel María Cristina. Allí descansaron y fueron atendidos como invitados de honor. No era solo cortesía. La aviación despertaba admiración y respeto, y aquellos jóvenes representaban la modernidad que Europa trataba de reconstruir tras la guerra.
A la mañana siguiente, con mejores condiciones meteorológicas, regresaron a Lasarte. De nuevo, la población se congregó para presenciar el despegue. El momento tenía algo de espectáculo y algo de despedida colectiva. El avión tomó velocidad sobre el terreno del hipódromo y, en cuestión de segundos, volvió al aire. Su siguiente destino era Vitoria, a donde llegaron apenas 35 minutos después. Un tiempo que hoy es incluso largo, pero que entonces rozaba lo milagroso.
A partir de aquel día, el hipódromo de Lasarte no volvió a ser solo un espacio hípico. Durante más de veinte años compaginó las carreras de caballos con la actividad aérea, hasta convertirse en lo que en el ambiente aeronáutico se conocía como el campo de aviación de Lasarte. No era un aeropuerto como los actuales, pero sí un punto habitual de operaciones, pruebas y movimientos aéreos. Un lugar donde el cielo empezó a formar parte del paisaje cotidiano.
Este episodio ayuda a entender que los orígenes de la aviación en San Sebastián no están ligados únicamente a Hondarribia. La historia es más dispersa, más improvisada y, por eso mismo, más humana. Antes de infraestructuras, hubo decisiones tomadas en cabinas abiertas, mapas de papel y pilotos que confiaban en su criterio y en el terreno.
Hoy, cuando hablamos del Aeropuerto de San Sebastián, de sus limitaciones, de su entorno o de su importancia estratégica, conviene recordar que todo empezó de forma mucho más sencilla. Un aterrizaje forzoso, un hipódromo y una población curiosa fueron suficientes para abrir una puerta que ya no se cerraría.
Sin proponérselo, cuando aquel primer avión aterrizó en Lasarte, se convirtió en uno de los primeros escenarios de la aviación en Gipuzkoa. Y ese día de mayo de 1919 quedó grabado como el momento en que el cielo bajó a tierra y anunció que el futuro también pasaría por el aire.


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