En 2016, desde el pequeño Aeropuerto de San Sebastián, ubicado en Hondarribia, se intentó lanzar una idea que parecía adelantada a su tiempo. Se llamaba Boga Flysharing y su propuesta era tan simple como ambiciosa: volar todo lo que quisieras al mes pagando una única cuota. Como si fuese una suscripción de streaming, pero con aviones.
El modelo ofrecía vuelos diarios entre San Sebastián y Madrid por una tarifa mensual de 2.500 euros, con la posibilidad de añadir en el futuro la ruta a Barcelona. Para arrancar, solo hacía falta reunir a 80 personas dispuestas a formar parte de esta nueva comunidad. Y si no se lograba, el dinero se devolvía.
La idea no salió de una gran aerolínea ni de una multinacional, sino del esfuerzo de un pequeño grupo de personas que creían en el potencial del aeropuerto de Hondarribia. Yon San Martín, gestor aeronáutico y piloto comercial lideraba el proyecto.
En ese momento trabajaba sin cobrar como presidente de AFODESA, la asociación para el fomento del aeropuerto, y colaboraba con Ortzibia (Sociedad Promotora del Aeropuerto de Hondarribia-San Sebastián), la Cámara de Comercio de San Sebastián, y con el propio Gobierno Vasco. También se sumó la agencia MOVE branding, que se encargó del diseño y la identidad visual. Todos ellos impulsaron la iniciativa a fondo perdido, con un objetivo compartido: revitalizar el Aeropuerto de Hondarribia, que llevaba años perdiendo protagonismo frente a terminales más grandes como Bilbao o Biarritz.
El servicio se basaba en un avión de 19 plazas (modelo BAE Jetstream 32) con dos vuelos diarios de ida y vuelta. Uno saldría por la mañana, el otro por la tarde, permitiendo a los viajeros aprovechar el día al máximo. Se operaría desde aeropuertos secundarios como Madrid-Cuatro Vientos, para evitar los retrasos y tiempos muertos de los grandes aeropuertos. A bordo, los pasajeros encontrarían un ambiente cómodo, con atención personalizada y sin las prisas del modelo tradicional.
Lo más llamativo era cómo se gestionaba todo. El socio de Boga, al que se le llamaba “Flyer”, pagaba una matrícula de entrada de 1.500 euros y, a partir de ahí, podía volar ilimitadamente con la cuota mensual. Además, tenía cuatro pases de vuelo activos a la vez, lo que le permitía reservar hasta cuatro fechas diferentes e ir ajustándolas según su agenda. Y si no volaba solo, podía ceder esos pases a quien quisiera: un empleado, un familiar, un amigo o un cliente. Cada mes se podían cambiar los nombres asignados. Incluso existía la posibilidad de compartir la suscripción entre varios y dividir el coste.
Todo se gestionaba a través de una aplicación móvil, pensada para facilitar la vida del usuario. Desde allí se podía reservar asiento hasta 30 minutos antes del vuelo, cancelarlo sin penalizaciones e incluso apuntarse a listas de espera si el avión iba lleno. La clave era la flexibilidad. Y también el compromiso con el resto de la comunidad: si un pasajero no cancelaba y no se presentaba, uno de sus pases quedaba bloqueado durante dos días. No como castigo, sino como gesto de responsabilidad hacia los demás.
La comparación más acertada que usaban sus promotores era con una sociedad gastronómica vasca. Un grupo de personas con las mismas necesidades, que se organizan para compartir un recurso de forma eficiente, ética y sostenible. En este caso, ese recurso eran las plazas del avión. No se trataba solo de volar más barato, sino de crear una red de confianza entre personas que buscaban lo mismo: moverse con libertad y ahorrar tiempo.
Además de su propuesta principal, Boga también planteó una versión más asequible para escapadas de ocio. Por 1.250 euros al mes, los vuelos ilimitados se limitaban a los fines de semana. Era una forma de atraer a un público más amplio sin renunciar al modelo de comunidad.
A pesar de toda la ilusión, el proyecto nunca llegó a despegar. La empresa que iba a operar los vuelos bajo la fórmula de wet lease (es decir, con avión y tripulación alquilados) se retiró a última hora. Sin ese apoyo técnico, y con los precios calculados al céntimo, no se pudo seguir adelante.
Aun así, Yon San Martín nos recuerda aquella etapa como una experiencia valiosa. Boga fue, según sus palabras, la primera tarifa plana de vuelos comerciales en Europa. Un experimento local, nacido del compromiso con el territorio y con una idea diferente de cómo volar. Aunque el modelo no cuajó, dejó una lección clara: también desde aeropuertos pequeños como el de Hondarribia se pueden imaginar formas de viajar más humanas, más flexibles y más conectadas con las personas.


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