El Aeropuerto de San Sebastián, en Hondarribia, es un ejemplo de cómo la aviación se adapta al espacio disponible. A diferencia de los grandes aeropuertos que vemos en ciudades como Madrid o Barcelona, con interminables calles de rodaje y pistas donde los aviones circulan como coches en una autopista, aquí cada metro cuenta.
Por eso, para que los aviones puedan despegar y aterrizar con seguridad, se recurre a procedimientos especiales como el uso del turning pad y el backtrack, dos conceptos que pueden sonar extraños pero que en realidad tienen un funcionamiento bastante sencillo si los comparamos con la vida diaria.
Un turning pad no es más que una pequeña ampliación circular o semicircular en los extremos de la pista. Imagina que estás en una carretera estrecha y necesitas dar la vuelta con tu coche: lo más fácil es que haya una pequeña explanada o ensanchamiento al final que te permita girar sin maniobrar demasiado.
Eso es exactamente lo que ocurre en Hondarribia. Como no hay calles de rodaje paralelas (esas vías que en otros aeropuertos permiten a los aviones desplazarse sin ocupar la pista principal), cuando un avión llega al final necesita espacio para girar y colocarse en la dirección correcta para despegar. La “plataforma de viraje” es una solución práctica para que incluso aviones como el Airbus A319 o el A320neo puedan maniobrar en un espacio reducido.
El backtrack, por su parte, consiste en utilizar la propia pista como si fuera una carretera de doble sentido. Como no hay calle de rodaje lateral, los aviones tienen que entrar desde el parking por la mitad de la pista, avanzar por ella en sentido contrario al despegue y, cuando llegan al final, girar en el turning pad para colocarse listos para salir.
Dicho de otra forma, es como si en una carretera sin salida tuvieras que dar marcha atrás hasta la entrada para volver a arrancar, solo que en este caso el avión lo hace rodando hacia el inicio de la pista para tomar carrerilla. Este procedimiento, que en aeropuertos grandes sería impensable por la cantidad de tráfico que interrumpiría, en Hondarribia es parte de la rutina diaria.
Para los pasajeros, todo esto pasa casi desapercibido, pero si alguna vez vuelas desde San Sebastián merece la pena fijarse. Una vez que el avión comienza a moverse, notarás que en lugar de dirigirse a una calle lateral como ocurre en Barajas o El Prat, se mete directamente en la pista.
Rodará unos cientos de metros, dará la vuelta al final y entonces sí, se alineará para el despegue. Ese giro al final es el momento en que entra en acción el turning pad. En algunos casos, incluso puede notarse que el avión ocupa casi todo el ancho disponible, sobre todo si se trata de un modelo grande, lo que da una idea de lo ajustadas que son las dimensiones en Hondarribia.
Este sistema tiene sus ventajas y desventajas. Por un lado, permite que el aeropuerto funcione sin necesidad de grandes obras de ampliación, algo que sería muy complicado por su ubicación. Por otro, requiere una coordinación muy precisa entre la torre de control y los pilotos. Cuando un avión está haciendo backtrack, la pista queda ocupada por completo, por lo que ningún otro avión puede aterrizar o despegar en ese momento. Esto obliga a espaciar las operaciones y, en días de mucha actividad, puede generar pequeñas demoras. Sin embargo, gracias a la experiencia de los controladores y a la planificación de las aerolíneas, el sistema funciona con bastante fluidez.
Un detalle curioso es que este tipo de procedimientos no es exclusivo de Hondarribia. Otros aeropuertos pequeños o con limitaciones de espacio, como Funchal en Madeira o el de La Palma en «las Canarias», también recurren al backtrack. Pero en San Sebastián se convierte en una seña de identidad: un recordatorio de que, aunque sea un aeropuerto modesto en tamaño, la operativa sigue siendo tan segura y profesional como en cualquier gran hub internacional.
La próxima vez que despeques desde Hondarribia, presta atención a esos movimientos iniciales sobre la pista. Ese pequeño rodeo antes de acelerar hacia el aire no es una pérdida de tiempo, sino la adaptación inteligente a un aeropuerto singular. Un lugar donde cada metro de asfalto está calculado para que los vuelos puedan realizarse con la misma seguridad que en cualquier gran aeropuerto del mundo, aunque aquí se consiga con soluciones tan curiosas como el turning pad y el backtrack.


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