El pequeño aeropuerto de San Sebastián, en Hondarribia, ha presenciado muchos despegues, pero pocos tan significativos como el del 30 de marzo de 2012: ese día aterrizó por primera vez un avión de Vueling en suelo guipuzcoano. Esta compañía, conocida por los llamativos motores amarillos de sus aviones, es una aerolínea española de bajo coste fundada en Barcelona. Nació en 2004 con solo dos aviones Airbus A320 operando cuatro rutas iniciales.
En aquella época las aerolíneas de “bajo coste” empezaban a revolucionar la forma de viajar, ofreciendo billetes baratos a cambio de servicios básicos (por ejemplo, comida o equipaje extra con coste adicional). Los emprendedores Carlos Muñoz y Lázaro Ros impulsaron Vueling con esa filosofía, logrando que en julio de 2004 despegaran sus primeros vuelos desde Barcelona a destinos como Ibiza, París, Bruselas y Palma de Mallorca. El nombre “Vueling” combina la palabra vuelo con el sufijo inglés -ing, reflejando un aire moderno e internacional. Desde el principio la compañía se dirigió a los clientes con un tono cercano y jovial, acorde a una imagen joven y fresca.
Los inicios fueron prometedores, pero pronto llegaron turbulencias financieras. Vueling salió a bolsa en 2006, y apenas un año después pasó de tener beneficios a registrar pérdidas importantes. En 2007 los resultados se tiñeron de rojo y el proyecto necesitó un salvavidas. La solución llegó mediante una fusión con Clickair –una aerolínea low cost creada por Iberia– que se completó en 2009. Tras unirse a su antigua competidora, Iberia se convirtió en la accionista principal de Vueling, integrándola en su grupo empresarial. Años más tarde, en 2013, Vueling pasaría a formar parte del holding IAG (el mismo conglomerado de Iberia y British Airways), consolidándose bajo el paraguas de las grandes aerolíneas europeas. Estas alianzas permitieron a Vueling estabilizarse económicamente y retomar el vuelo, nunca mejor dicho.
A partir de 2009 la aerolínea inició una etapa de expansión. Incorporó más aviones, abrió bases operativas en varias ciudades y sumó numerosos destinos. Un hecho inesperado aceleró su crecimiento: la quiebra de Spanair a comienzos de 2012. Vueling aprovechó la desaparición de esta competidora para ocupar su hueco, adquiriendo algunos de sus aviones y asumiendo rutas que Spanair dejó vacantes; así incrementó su número de destinos en un 30%.
Fue en este contexto dinámico cuando Vueling puso la mira en San Sebastián. Hasta entonces, el aeropuerto de Hondarribia había estado servido sobre todo por vuelos regionales (operados con pequeños aviones de hélice como el ATR-72 de Air Nostrum) y con destinos limitados, principalmente Madrid. La llegada de Vueling supuso un cambio sustancial. Por primera vez una aerolínea de bajo coste conectaría Gipuzkoa con Barcelona, el segundo mayor destino nacional, y a través de Barcelona con decenas de ciudades europeas.
El estreno de Vueling en Hondarribia aquel 30 de marzo de 2012 fue todo un éxito. Aquel día un Airbus A319 de la compañía (un avión de unos 140 asientos) aterrizó procedente de Barcelona casi lleno, con más del 85% de sus plazas ocupadas. Ver un A319 en Hondarribia era inusual en ese momento: este modelo de Airbus, más grande y de mayor capacidad que los habituales turbohélices ATR, marcaba un antes y después en el aeropuerto guipuzcoano. Su mayor tamaño “abrió nuevas posibilidades tanto para las aerolíneas como para los pasajeros” locales, ofreciendo por fin un enlace directo con Barcelona a precios asequibles.
La ruta nació con el respaldo del Gobierno Vasco, que veía en Vueling una apuesta estratégica a largo plazo para mejorar la conectividad de la región. Y es que este vuelo no solo permitía viajar directamente a una ciudad muy demandada como Barcelona, sino que también servía de puente para volar más allá. Vía El Prat se podía (y se puede) conectar con más de 50 destinos en Europa, Norte de África y Oriente Próximo aprovechando la red de Vueling. En otras palabras, Donostia se acercaba al mundo.
Durante los primeros años, Vueling operó diariamente la ruta de San Sebastián-Barcelona con normalidad y buenas ocupaciones. Sin embargo, en 2017 surgió un obstáculo técnico inesperado. Por requisitos de seguridad europeos, se tuvo que reducir ligeramente la longitud útil de la pista de Hondarribia para asegurar mayor zona libre al final de la misma.
En un aeropuerto tan justo de espacio, quitarle metros a la pista implicó menos margen para frenadas, sobre todo en días de lluvia. La acumulación de agua en el asfalto aumentaba el riesgo de aquaplaning (cuando las ruedas del avión patinan sobre una capa de agua y pierden contacto con el suelo), lo que complicaba las operaciones de aviones más pesados como el A319. Por seguridad, Vueling tuvo que limitar sus vuelos; de hecho, dejó de volar regularmente con el A319 a San Sebastián tras esos cambios. Fue un paso atrás temporal que evidenció las limitaciones de la infraestructura.
La solución llegó poco después gracias a la ingeniería: a finales de 2019 se realizó un ranurado en la pista (en inglés grooving), es decir, se tallaron finos surcos longitudinales en el pavimento para mejorar el drenaje del agua. Esta intervención técnica redujo significativamente el riesgo de deslizamiento y mejoró la adherencia de los neumáticos en pista mojada. Gracias a esos “pequeños surcos” en el asfalto, el Airbus A319 pudo regresar con garantías a Hondarribia.
En 2020, tras la pausa obligada por la pandemia, Vueling reanudó sus vuelos a Barcelona desde San Sebastián, reafirmando la importancia de esta conexión. Desde entonces, la compañía sigue operando la ruta con normalidad, consolidada ya como una pieza clave del aeropuerto. Hoy, volar de Donostia a Cataluña en un Vueling se ha vuelto cotidiano, algo impensable dos décadas atrás.
La historia de Vueling con San Sebastián es un capítulo dentro del éxito mayor de la aerolínea. Aquella pequeña empresa de 2004 se ha convertido en la mayor aerolínea de España en número de destinos y tamaño de flota, sólo por detrás de Ryanair en pasajeros transportados dentro del país. Actualmente cuenta con más de 100 aviones en su flota (todos del fabricante europeo Airbus, aunque eventualmente transicionarán hacia los 737 de Boeing) y vuela a alrededor de 150 destinos por toda Europa y el Mediterráneo. Sus bases operativas se extienden por más de 20 aeropuertos, aunque Barcelona-El Prat sigue siendo su centro neurálgico y principal hub de conexiones.
¿Sabías que cada avión de Vueling tiene un nombre propio? La compañía bautiza sus aparatos con apodos graciosos que juegan con el idioma, como “Air Force Juan” parodiando al avión presidencial estadounidense Air Force One, “Vueling voy, Vueling vengo” o “Be Vueling my friend” imitando la frase be water my friend, entre otros. Detalles como este han contribuido a la imagen desenfadada y cercana de la aerolínea.
En poco más de una década, Vueling pasó de ser una startup catalana a convertirse en parte de la vida cotidiana de los viajeros vascos. Su llegada al aeropuerto de Hondarribia supuso un antes y después en la conectividad de Gipuzkoa, demostrando que incluso un aeropuerto pequeño puede abrirse al mundo con ingenio y colaboración. Hoy, gracias a ese vuelo diario de Vueling, los guipuzcoanos pueden desayunar en Donostia y almorzar en Las Ramblas de Barcelona, o enlazar cómodamente con vuelos a París, Roma o Atenas. La historia de Vueling y San Sebastián es, en el fondo, la historia de cómo la aviación moderna acerca regiones, derriba barreras y, con soluciones creativas (¡incluso haciendo pequeños surcos en la pista!), logra que volar esté al alcance de todos.


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