En una ciudad acostumbrada al sonido de las olas y al eco de las campanas, hubo un tiempo en que el cielo de San Sebastián se convirtió en escenario de un espectáculo nunca visto. Mucho antes de que el aeropuerto de Hondarribia abriera sus puertas, la aviación ya había hecho su primera entrada triunfal en la capital guipuzcoana. Fue a principios del siglo XX, cuando los donostiarras, incrédulos y fascinados, levantaron la vista para ver cómo un extraño artilugio con alas y motor despegaba desde la playa de Ondarreta y surcaba la bahía.
Todo empezó con los globos aerostáticos, herederos directos de la hazaña de los hermanos Montgolfier en París. Durante el siglo XIX, estos globos cautivaron Europa y España no fue una excepción. En las plazas de toros, igual que hoy se esperan faenas, entonces se aguardaban ascensiones. Los aerosteros, mitad gimnastas mitad aventureros, se colgaban de trapecios suspendidos bajo las enormes telas hinchadas con humo.
En San Sebastián también hubo quien se atrevió a traer este espectáculo. La compañía Acrobático-Aérea Latur, dirigida por Antonio Martínez Latur, fue una de las más famosas. En los veranos donostiarras, cuando la monarquía acudía a los festejos taurinos, el público encontraba un atractivo añadido: ver a un hombre elevarse sobre un globo en llamas de hojas y paja húmeda. Era un circo aéreo, mezcla de riesgo y maravilla.
Pero nada podía compararse con lo que llegaría en 1910. En ese año, San Sebastián se preparaba para acoger algo completamente nuevo: vuelos en avión. La ciudad envió comisionados a París y Pau para contactar con los primeros pilotos europeos. Finalmente, el elegido fue Hubert Le Blon, un aviador francés con barba larga y porte elegante que llegaría con un Blériot XI, un aeroplano ligero de madera, tela y motor de apenas 50 caballos. El mismo modelo con el que Louis Blériot había cruzado el Canal de la Mancha meses antes, un hito que había dejado al mundo boquiabierto.
El 27 de marzo de 1910, Donostia se paralizó. En la playa de Ondarreta se había improvisado un campo de vuelos con un hangar rudimentario. Desde primera hora, la expectación era máxima: vecinos, curiosos, veraneantes y autoridades se agolpaban alrededor del recinto, algunos pagando entrada, otros subidos en cualquier esquina gratuita para no perderse la cita.
A las 12:35, tras varios intentos fallidos por fallos en el motor, Le Blon consiguió despegar. Al principio parecía que el aparato no lograría elevarse, como un ave herida que lucha contra el suelo. Pero de pronto, como si recuperara la fuerza, las alas se alzaron y el aeroplano se separó de la tierra. El público estalló en aplausos: San Sebastián acababa de ver volar un avión por primera vez.
Le Blon sobrevoló la bahía, giró sobre el Gran Casino y volvió a tomar tierra entre gritos de entusiasmo. Durante los días siguientes repitió exhibiciones, con acrobacias sencillas pero que parecían magia para quienes nunca habían visto a un ser humano flotar en el aire sin ayuda de un globo.
Sin embargo, la historia se tornó tragedia el 2 de abril. Aquel día, Le Blon quiso regalar a los donostiarras un último vuelo, improvisado, sobre el Monte Igueldo. El aparato perdió estabilidad, se precipitó al mar y, pese a ser rescatado rápidamente, el aviador francés murió ahogado. La ciudad entera lo despidió como a un héroe: se celebró un funeral multitudinario en Santa María, se cerraron comercios y su cuerpo fue trasladado a París en medio de una comitiva solemne.
La vida continuó, pero el eco de aquel vuelo permaneció. Poco después llegaron otros aviadores, como Deletang, Morane o Tabuteau, y las fiestas de aviación de 1910 consolidaron la pasión donostiarra por la aeronáutica. Incluso el rey Alfonso XIII acudió a presenciar los vuelos sobre La Concha. Fue en esas jornadas cuando se produjo otro hecho histórico: el primer vuelo internacional hacia España, protagonizado por el piloto Maurice Tabuteau, que llegó desde Biarritz y aterrizó en Ondarreta entre el entusiasmo general.
La ciudad vivió aquellos meses con una mezcla de asombro y orgullo. La aviación en Gipuzkoa dejaba de ser una quimera y se convertía en algo real, palpable, emocionante. Lo que hasta entonces parecía imposible —dominar el cielo como lo hacen las aves— estaba ocurriendo ante sus ojos. Era la antesala de lo que, décadas más tarde, se materializaría en un aeropuerto propio en Hondarribia, conectado al mundo pero marcado siempre por la misma fascinación: la de ver a los aviones elevarse sobre el mar, igual que aquel día lo hiciera el Blériot de Le Blon.


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