En febrero de 1959, el Aero Club de Guipúzcoa buscaba instalaciones para comenzar su actividad junto al Aeropuerto de San Sebastián. Una carta conservada durante más de seis décadas permite reconstruir una propuesta singular.
El documento está fechado el 9 de febrero de 1959 y dirigido al alcalde de Fuenterrabía, José Ramón Fernández-Casadevante. Fue escrito desde Avilés (Asturias) utilizando el papel comercial de Dolores Bravo, Hijo, una firma dedicada a las conservas de pescado. El propio membrete dejaba clara su actividad al anunciar «fábricas de conservas alimenticias», pescados frescos, escabeches y salazones. También señalaba que la casa había sido fundada en 1886 y disponía de fábricas y sucursales en diferentes puertos del Cantábrico.
Detrás de aquel nombre comercial estaba el industrial Etelberto Albuerne Bravo. En 1933 y hasta al menos dos meses antes de la carta, tanto la Gaceta de Madrid como el Boletín Oficial del Estado lo reconocían como propietario legal del nombre comercial «Dolores Bravo, hijo» y de algunas de las marcas que aparecen impresas en la carta relacionadas a la industria de conservas y salazones de pescado.
El investigador Luis Javier Escudero Domínguez recoge que, después de la Guerra Civil, la sociedad asturiana Dolores Bravo e hijo adquirió en Santoña la antigua fábrica de la conocida familia De la Fragua. La relación se conserva incluso en una antigua metalgrafía reproducida en el estudio. Sobre la marca La Flora, que había pertenecido anteriormente a De la Fragua, figura el nombre «Etelberto A. Bravo» junto a «Avilés (España)».

Lo verdaderamente interesante de aquella correspondencia, en cualquier caso, no estaba en Asturias. Estaba junto al aeropuerto de Fuenterrabía.
Una entrevista en El Diario Vasco
El remitente explicaba al alcalde que unos días antes había leído en El Diario Vasco una entrevista con un tal señor Ortega. Ese apellido, aislado en la carta, decía poco, aunque el propio documento aportaba varias pistas. Lo presentaba como Delegado de la Frontera Norte. Además, lo relacionaba directamente con la dirección del Club Aeronáutico de Guipúzcoa y con la puesta en marcha de la organización.
La consulta de la prensa de aquellos días permite ahora confirmar quién era. El 1 de febrero de 1959, El Diario Vasco publicó unas declaraciones del coronel Julio Ortega. El gran titular de la información resumía una de sus principales preocupaciones: «Se abriga el proyecto de construir un hangar para avionetas en el Aeropuerto Provincial».
Ortega describía un Aero Club que prácticamente acababa de nacer. «Hemos partido de cero», reconocía al periodista. La organización contaba entonces con alrededor de doscientos socios, principalmente de Irún y Fuenterrabía, que constituían, según él, «quizá, el núcleo principal». Después se encontraban los socios de San Sebastián.
El Aero Club de Guipúzcoa todavía estaba lejos de disponer de una gran flota o de instalaciones propias. Entre sus miembros había pilotos militares y civiles, algunos integrados además en la directiva, y ya contaban con una avioneta propiedad de dos socios. Sin embargo, para comenzar a desarrollar de verdad su actividad necesitaban un lugar desde el que operar.
Una de las prioridades era precisamente construir un hangar para unas cuatro avionetas en el Aeropuerto Provincial. Ortega explicaba que el club requería comenzar a funcionar para poder recibir las ayudas del Estado y del Real Aero Club de España.
Es en este punto donde aquella entrevista periodística y la carta enviada pocos días después comienzan a encajar de una forma extraordinariamente precisa.
Una fábrica junto al aeropuerto
Después de leer las declaraciones de Julio Ortega, el remitente de la carta decidió visitarlo personalmente. Disponía en Fuenterrabía de «mi fábrica y edificios», situados, según explicaba, muy cerca del aeropuerto, y pensó que aquellas instalaciones podían responder precisamente a las necesidades que el presidente del Aero Club acababa de hacer públicas.
Entre la documentación de la época conservada aparece además un croquis que aporta, hasta ahora, la única representación gráfica localizada de aquellas instalaciones. El dibujo identifica expresamente una «Fábrica del Sr. Bravo» y la sitúa junto a la avenida de Calvo Sotelo (hoy denominada calle Gabarrari) y el río Bidasoa, mostrando también un desembarcadero, un muro de contención y distintos espacios del recinto.
Se desconoce para qué fue realizado el croquis y no consta que estuviera relacionado exactamente con la propuesta realizada al Aero Club en 1959, por lo que no puede establecerse esa conexión. Sí permite, en cambio, aproximarnos visualmente al entorno y a las instalaciones a las que se refería la documentación de aquellos años.

La propuesta consistía en utilizar los edificios para instalar dependencias del club y disponer de locales donde guardar «4/6 avionetas». La coincidencia con las declaraciones publicadas pocos días antes es difícil de pasar por alto. A finales de enero, Ortega hablaba de construir un hangar para unas cuatro avionetas; a comienzos de febrero, el propietario de una fábrica cercana ofrecía unas instalaciones capaces de albergar entre cuatro y seis.
No sabemos si aquella oferta pretendía sustituir el hangar proyectado, servir como solución provisional mientras se construía o plantear una posibilidad diferente que simplemente surgió después de la entrevista. Lo que la documentación localizada demuestra es que la propuesta llegó directamente hasta Julio Ortega, y la idea había sido «perfectamente acogida».
Tras aquella conversación, el remitente decidió informar también al alcalde de Fuenterrabía para que conociera sus intenciones y la posibilidad que había planteado al presidente del Aero Club.
El final de una conservera y una oportunidad para volar
La propia carta explica que el propietario había decidido retirar de allí la industria de conservas y trasladarla a otro lugar de mayor movimiento. Dejaba abierta así la posibilidad de dar un uso completamente diferente a los edificios.
Una fábrica dedicada hasta entonces al pescado, los escabeches y las salazones podía pasar así a albergar avionetas. Durante aquellos primeros meses de 1959, la posibilidad estuvo realmente sobre la mesa y fue discutida con el propio presidente del Aero Club.
Además, la propuesta no se limitaba a encontrar un lugar donde guardar pequeños aviones. El remitente de la carta imaginaba para aquellas instalaciones un proyecto de mayor alcance y hablaba expresamente de crear una «Escuela de Aeronáutica» como complemento del aeropuerto existente en Fuenterrabía, al que describía como una infraestructura «de porvenir».
La expresión resulta especialmente significativa vista más de seis décadas después. El aeropuerto apenas llevaba unos años abierto y, mientras comenzaba a consolidarse el tráfico comercial, a su alrededor ya se planteaban actividades destinadas a formar nuevos pilotos y fomentar la aviación deportiva.
Un Aero Club que todavía estaba empezando
Las declaraciones de Julio Ortega permiten comprender mejor por qué una oferta semejante podía resultar atractiva. En enero de 1959, el Aero Club todavía estaba construyendo prácticamente desde cero la estructura necesaria para desarrollar su actividad.
El domicilio social debía instalarse en San Sebastián, ya que Ortega explicaba que era preceptivo que se encontrara en la capital de la provincia. Sin embargo, el peso que tenían Irún y Fuenterrabía entre los aproximadamente doscientos socios llevó también a plantear el alquiler de otro local en Irún.
Al mismo tiempo, la directiva buscaba los recursos necesarios para despegar. Ortega hablaba de gestiones con organismos oficiales que les habían prometido apoyo y contemplaba recurrir, si fuese necesario, a créditos particulares y entidades privadas. En ese contexto, disponer de unos edificios situados a escasa distancia del aeropuerto podía solucionar varias necesidades de una sola vez: proporcionar espacio para las avionetas, instalaciones para el club y, al menos en la intención expresada en la carta, un posible punto de partida para una escuela aeronáutica.
La rapidez con la que se sucedieron los acontecimientos ayuda a entender esa relación. El 1 de febrero, Julio Ortega explicaba públicamente en El Diario Vasco los proyectos y necesidades del Aero Club. En los días siguientes, el propietario de una conservera próxima al aeropuerto conoció aquellas declaraciones, visitó personalmente al coronel y le ofreció sus edificios. El 9 del mismo mes, la propuesta ya había llegado por escrito al alcalde de Fuenterrabía.
Aquella actividad aeronáutica que empezaba a organizarse alrededor del Aeropuerto de San Sebastián no quedó únicamente en proyectos. El reglamento del club contemplaba expresamente una Escuela de Pilotaje destinada a formar pilotos y organizar la actividad de vuelo. Con el tiempo, el Aero Club fijó su domicilio social en el propio Aeropuerto de San Sebastián-Fuenterrabía y llegó efectivamente a formar nuevos pilotos civiles.
Lo que sigue sin estar claro es si la fábrica ofrecida en febrero de 1959 participó en ese proceso. Hasta ahora no hay localizada documentación que permita asegurar que el Aero Club utilizara aquellos edificios, ni se conoce si la proyectada escuela llegó a ocuparlos. Tampoco las condiciones concretas de la oferta, ya que la carta no habla de venta, alquiler o cesión gratuita.
La propuesta, sin embargo, existió. Mientras el recién creado Aero Club buscaba un lugar desde el que comenzar su actividad, una fábrica de conservas junto al Aeropuerto de San Sebastián estuvo sobre la mesa como posible hogar para sus avionetas y para una futura escuela de pilotos.


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