La aviación deportiva en Gipuzkoa no empezó en el Aeropuerto de San Sebastián, sino bastante antes, cuando volar era todavía una mezcla de espectáculo, experimento técnico y desafío personal. Antes de que Hondarribia tuviera una pista junto a la bahía de Txingudi, los primeros aviones ya habían llamado la atención de los donostiarras en lugares como Ondarreta, La Concha o Lasarte. Para entender el papel del Real Aero Club de San Sebastián hay que situarse ahí, en una Gipuzkoa que veía la aviación no como un medio de transporte cotidiano, sino como una señal de modernidad.
A comienzos del siglo XX, San Sebastián era una ciudad muy conectada con las novedades técnicas, deportivas y sociales que llegaban de Europa. La aviación acababa de nacer como actividad moderna y cada vuelo reunía a curiosos, autoridades y aficionados. Hoy puede parecer extraño, pero entonces ver un avión era casi como ver llegar una tecnología de ciencia ficción. No se trataba solo de mirar al cielo. Había que organizar exhibiciones, preparar terrenos, atraer pilotos, informar al público y empezar a crear una cultura aeronáutica donde apenas existía experiencia previa.
En ese contexto aparece el Real Aero Club de San Sebastián. La fecha exacta puede variar según la fuente consultada, entre 1908 y 1910. En cualquier caso, su papel pertenece claramente a aquella etapa pionera. En su fundación tuvo mucho que ver Leoncio Garnier, mecánico y aviador, que transmitió su entusiasmo a varios nombres ligados a la primera aviación guipuzcoana. Sus estatutos fundacionales no se limitaban a reunir aficionados. El club quería difundir la aviación, organizar manifestaciones aéreas, presentar nuevos aparatos, promover concursos y formar pilotos privados.
Dicho de forma sencilla, aquel primer club funcionaba como una mezcla de punto de encuentro, oficina de divulgación y semillero de futuros aviadores. En una época en la que no existía una red de aeropuertos como la actual, estas entidades eran necesarias para que la aviación pasara de ser una rareza a convertirse en una actividad organizada. Ayudaban a explicar el vuelo, daban continuidad a la afición y convertían las exhibiciones aisladas en algo más parecido a una cultura aérea.
Ondarreta fue uno de los primeros escenarios de aquella aviación temprana. Allí no había un aeropuerto como lo entendemos hoy, sino espacios adaptados para que aquellos aparatos pudieran despegar o aterrizar con las limitaciones de la época. Después, el aeródromo de Lasarte tomó el relevo. El cambio era lógico. Los aviones crecían, las necesidades aumentaban y la aviación empezaba a pedir terrenos más adecuados. Como ocurre tantas veces en este sector, que algo pueda hacerse de manera puntual no significa que sea la solución más sólida para sostener una actividad regular.
Ese matiz es importante para entender la evolución posterior. La aviación deportiva en Gipuzkoa no dependía solo de tener entusiasmo o pilotos. Necesitaba aviones, instructores, mantenimiento, alumnos, socios, meteorología aprovechable y una estructura económica capaz de aguantar el paso del tiempo. Volar puede ser técnicamente posible muchos días, pero mantener viva una escuela o un club exige algo más que una pista disponible. Hace falta continuidad.
La historia del Real Aero Club tiene además un punto que conviene explicar con cuidado. No fue simplemente un club que se trasladó de la ciudad al aeropuerto. La realidad fue más compleja. El primer Real Aero Club, instalado en la Alameda del Boulevard, fue derivando con los años hacia una vida más social y menos centrada en la práctica directa del vuelo. Llegó a ser conocido por algunos como “Real Alameda Club”, una forma irónica de señalar ese cambio de orientación.
Con la apertura del Aeropuerto de San Sebastián-Hondarribia, el centro de gravedad cambió. La aviación dejó de depender tanto de playas, hipódromos o espacios adaptados, y pasó a necesitar instalaciones pensadas para volar con más regularidad. En 1956 se creó otro aero club con sede en el propio aeropuerto y con la misma denominación oficial: Real Aero Club de San Sebastián. El Diario Vasco lo resumió como “el pequeño lío histórico de los dos aero club con el mismo nombre”, porque durante un tiempo convivieron dos realidades distintas bajo una denominación muy parecida.
Esta segunda etapa estuvo ya mucho más ligada al aeropuerto de Hondarribia. El nuevo club comenzó con actividad, fijó su domicilio social en el Aeropuerto de San Sebastián-Fuenterrabía y utilizó aviones cedidos por el Ministerio del Aire. Durante los años sesenta vivió un periodo de auge y llegó a situarse entre los aero clubs más destacados de España, por detrás de los de Madrid y Barcelona. En 1971 alcanzó su momento de mayor desarrollo, con más de quinientos socios y varias avionetas disponibles.
La formación de pilotos era una pieza esencial. Un aero club sin escuela tiene difícil continuidad, porque la afición necesita renovarse. Aprender a volar no consiste solo en sentarse a los mandos. Implica estudiar meteorología, navegación, normativa, conocimientos del avión y procedimientos de seguridad. Es parecido a aprender a conducir, pero en un entorno donde no hay arcén, donde el tiempo cambia la partida y donde cada decisión exige anticipación. Por eso la escuela no era un complemento decorativo. Era el motor que permitía mantener viva la comunidad aérea.
La propia historia del club muestra esa dependencia. Tras años de crecimiento llegaron etapas de descenso, dificultades económicas y pérdida de actividad. Elejalde describe cómo, a partir de los años setenta, el aero club fue perdiendo altura hasta llegar a una situación muy delicada. En los años noventa hubo intentos de recuperación, con una idea clara: revitalizar la escuela, disponer de aviones y atraer nuevos alumnos. La frase que recoge el libro resume bien el problema: un aero club sin escuela no tiene sentido ni futuro.
Esa misma lógica reaparece en tiempos recientes. En 2022, El Diario Vasco publicó que una veintena de pilotos privados ultimaba el regreso del Real Aero Club de San Sebastián. La noticia coincidía además con la llegada de Pyrineum Escuela de Pilotos al aeropuerto de Hondarribia. Según aquella información, el proyecto del club se planteaba como una iniciativa asociativa, no empresarial, orientada a reunir socios y recuperar actividad aérea en Gipuzkoa.
El registro del Gobierno Vasco refuerza la importancia de esa segunda etapa aeroportuaria. La asociación “Real Aero Club de San Sebastián” aparece con fecha de constitución de 24 de mayo de 1956 y con fines vinculados al fomento y divulgación de la actividad aeronáutica ligera y privada. También menciona la creación y mantenimiento de una escuela de pilotos y los servicios complementarios que esta exige.
En paralelo, la actividad formativa y divulgativa en Hondarribia ha seguido apareciendo bajo fórmulas actuales. La web de Flydonosti presenta vuelos de divulgación desde el Aeropuerto de San Sebastián y cursos de piloto privado con aula en el propio Aeropuerto de Hondarribia. También describe una estructura formativa con parte teórica, parte práctica y 45 horas de vuelo para la licencia PPL, que es la licencia de piloto privado.
Todo ello ayuda a entender que el Aeropuerto de San Sebastián no es solo la pista de los vuelos comerciales. Hondarribia también ha sido un punto de apoyo para la aviación ligera, la formación, los vuelos privados y la divulgación aeronáutica. Un avión comercial, una avioneta de escuela y una aeronave privada no usan el aeropuerto de la misma manera, pero comparten una misma infraestructura. Esa convivencia explica parte de la riqueza aeronáutica del lugar.
La aviación deportiva en Gipuzkoa ha cambiado mucho desde aquellos vuelos sobre Ondarreta. Ya no depende de exhibiciones que llenan la bahía de espectadores ni de pilotos pioneros que aterrizan donde pueden. Hoy se mueve en un marco más regulado, técnico y seguro. Pero conserva una continuidad clara. El primer Real Aero Club ayudó a introducir el vuelo como cultura. El aero club vinculado al aeropuerto permitió formar pilotos y sostener una comunidad aérea. Y las iniciativas recientes muestran que esa afición sigue buscando formas de adaptarse a cada época.
Por eso, más que una historia lineal, la del Real Aero Club de San Sebastián es una historia de relevos. El nombre funciona como hilo conductor, aunque la realidad jurídica y social sea más compleja. Bajo esa denominación se enlazan la etapa pionera, la vida social de la aviación donostiarra y la actividad más práctica que después se concentró en Hondarribia. No es solo la historia de un club. Es una forma de leer cómo Gipuzkoa pasó de mirar aviones como espectáculo a integrarlos, con sus límites y posibilidades, dentro de su vida deportiva, técnica y aeroportuaria.


Deja un comentario