Para entender la relación entre Plaiaundi y el Aeropuerto de San Sebastián, conviene mirar más allá de la pista y la terminal. El aeropuerto está situado en Hondarribia, junto a la desembocadura del río Bidasoa. Muy cerca aparece Plaiaundi, un espacio natural entre Irun y Hondarribia. Hoy muchas personas lo relacionan con aves migratorias, senderos y observatorios de naturaleza.
Cuesta imaginar que ese mismo lugar, hoy uno de los humedales más importantes de Gipuzkoa, también forma parte de esta historia. Sin embargo, las antiguas marismas de Plaiaundi ayudan a explicar cómo cambió este territorio antes de la llegada de la aviación. Allí, entre agua, rellenos y nuevos usos del suelo, empezó a transformarse el paisaje que rodea Hondarribia.
La historia resulta llamativa porque muestra cómo cambia la relación entre una comarca y su entorno. El Plaiaundi actual nació oficialmente como parque ecológico en 1998, tras un ambicioso proyecto de restauración ambiental. Antes, la zona había pasado décadas degradándose entre rellenos, infraestructuras y actividad industrial. Mucho antes todavía, aquel espacio era una gran marisma abierta al estuario del Bidasoa.
Los documentos históricos describen Plaiaundi como un hábitat natural formado por materiales arrastrados durante siglos por el río Bidasoa. La imagen actual poco tiene que ver con la original. A partir del siglo XVI comenzó una transformación constante del entorno. Las zonas húmedas fueron desecándose de forma progresiva para ganar tierras agrícolas y espacio para nuevas actividades económicas.
Aquella evolución no fue exclusiva de Plaiaundi. Todo el estuario de Txingudi cambió profundamente con el paso del tiempo. Los núcleos urbanos fueron ocupando terreno a las marismas. Poco a poco, el paisaje natural fue retrocediendo. Lo interesante es que esa transformación acabaría teniendo también consecuencias para la aviación.
Para entenderlo hay que viajar a principios del siglo XX. La aviación todavía estaba dando sus primeros pasos. Los aeropuertos modernos prácticamente no existían. Los aviones necesitaban superficies amplias, relativamente llanas y despejadas. Muchas operaciones se realizaban sobre playas, hipódromos o campos improvisados. En ciudades costeras como Donostia, los arenales llegaron a utilizarse para exhibiciones aéreas y aterrizajes pioneros.
Félix Elejalde recuerda, en su obra sobre la aviación guipuzcoana, cómo la capital provincial contemplaba fascinada aquellos primeros vuelos sobre La Concha. En aquella época, volar seguía viéndose casi como una mezcla entre espectáculo y experimento tecnológico.
Dentro de ese contexto, el entorno de Hondarribia empezó a ganar importancia estratégica. La cercanía con Francia, los terrenos relativamente abiertos y la posición fronteriza convertían la zona en un lugar atractivo. Técnicamente, muchos espacios podían parecer adecuados sobre un plano. Otra cuestión muy distinta era que fueran realmente operativos, estables y seguros en el día a día.
Por eso, la relación entre Plaiaundi y el Aeropuerto de San Sebastián no nació de golpe ni responde a una sola causa. Las gestiones para establecer un aeródromo en la comarca comenzaron ya en la década de 1920. Según la documentación histórica de Plaiaundi, varios iruneses encabezados por Ricardo Figueredo impulsaron distintas iniciativas durante años. El proyecto tardó más de tres décadas en consolidarse definitivamente.
Mientras tanto, el humedal seguía transformándose. El entorno acogió usos muy diversos. Hubo criaderos de ostras, pabellones industriales, terrenos agrícolas e incluso propuestas deportivas. La zona convivía constantemente con el agua, las mareas y las riadas. Las inundaciones de 1931 y 1934 destruyeron varios diques. Aquellos daños obligaron al Ayuntamiento a indemnizar a propietarios y usuarios de terrenos agrícolas cercanos.
Con el paso de los años fueron apareciendo las grandes infraestructuras modernas. Llegaron las instalaciones ferroviarias, la variante de la N-1 y finalmente el aeropuerto. El “portaaviones” guipuzcoano quedó inaugurado el 23 de agosto de 1955. Aquellas primeras instalaciones estaban muy lejos de la imagen actual. La terminal de pasajeros, por ejemplo, como se relata en el libro «Los aeropuertos de San Sebastián” de Luis Utrilla, se instaló en una antigua fábrica de conservas reutilizada para la ocasión.
La primera pista tenía 1.243 metros de longitud, pero en 1969 el aeropuerto vivió una transformación importante. La pista fue ampliada hasta pasados los 1.750 metros, y en esa misma etapa se construyó la nueva terminal de pasajeros, la plataforma de estacionamiento de aeronaves y la torre de control. Aquella ampliación permitió adaptar Hondarribia a una aviación comercial más exigente, pero también obligó a modificar profundamente el entorno.
Para ganar espacio fue necesario desviar hacia el oeste la carretera de acceso al núcleo urbano, recortar el arenal conocido como El Puntal y crear un canal para dar salida a la desembocadura del arroyo de Santa Engracia. Ese cambio dio lugar a una dársena que hoy se aprovecha para el atraque de embarcaciones recreativas. También se añadieron plataformas de viraje en ambas cabeceras de pista, pensadas para que los aviones pudieran girar sobre la propia pista, y un aparcamiento para automóviles. Aun así, el aeropuerto siempre ha estado condicionado por las características del terreno que lo rodea.
Ahí aparece una diferencia importante entre lo técnicamente posible y lo operacionalmente robusto. Sobre el papel, un aeropuerto puede tener una pista suficiente para determinados aviones. Sin embargo, la operación diaria depende de muchos más factores. Influyen la meteorología, el viento, la cercanía del mar y el espacio disponible para maniobras. También pesan las limitaciones urbanísticas y ambientales. En Hondarribia, todas esas variables han acompañado al aeropuerto desde sus orígenes.
Por eso, Plaiaundi y el Aeropuerto de San Sebastián cuentan dos caras de una misma evolución en la bahía de Txingudi. Durante los años ochenta, la degradación de la zona parecía casi irreversible. Se acumulaban residuos de construcción, proliferaban los rellenos y algunas áreas presentaban un aspecto muy deteriorado.
La situación cambió a partir de 1994 con el Plan Especial de Protección y Ordenación de los Recursos Naturales de Txingudi. La restauración iniciada en 1998 eliminó antiguas huertas, trasladó actividades económicas y recuperó lagunas de agua dulce y salada. Esas lagunas quedaron controladas mediante compuertas. El objetivo era devolver parte del equilibrio ecológico perdido durante siglos.
Hoy Plaiaundi ocupa unas 24 hectáreas y se ha convertido en un enclave vital para numerosas aves migratorias del corredor atlántico. El espacio alberga lagunas, zonas intermareales y vegetación ligada al estuario. Miles de personas recorren cada año sus senderos. Muchas quizá no imaginan que aquel paisaje también está unido al nacimiento de la aviación en Hondarribia.
Hablar de Plaiaundi y el Aeropuerto de San Sebastián también es hablar de una comarca que cambió su relación con el agua. No se trata solo de mirar una pista, una terminal o un parque natural. También conviene observar las marismas que existieron antes. En ellas se entiende mejor la evolución del territorio, sus infraestructuras y su recuperación ambiental.
Plaiaundi resume perfectamente esa historia. Primero fue marisma. Después, terreno agrícola e industrial. Más tarde convivió con el crecimiento del aeropuerto y las grandes obras del siglo XX. Finalmente, terminó convirtiéndose en símbolo de recuperación ambiental. En medio de todas esas etapas, quedó ligado al nacimiento de la aviación guipuzcoana.


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