El viento es uno de esos factores que todos intuimos que afecta a la aviación, pero pocas veces pensamos en lo mucho que puede condicionar la operativa de un aeropuerto. En el de San Sebastián, en Hondarribia, donde la pista está situada entre el mar y las montañas, este elemento se convierte en un auténtico protagonista. No todos los vientos afectan igual. Los que soplan de frente ayudan a los aviones a despegar y aterrizar con más facilidad, pero cuando lo hacen de lado aparece uno de los mayores retos para los pilotos: el viento cruzado.
Imagina que intentas caminar en línea recta mientras alguien te empuja desde un costado. Sigues avanzando hacia adelante, pero tienes que inclinarte y ajustar cada paso para no desviarte. Algo parecido ocurre con un avión que se enfrenta a viento cruzado. La aeronave avanza hacia la pista, pero una fuerza lateral lo empuja y el piloto debe corregir continuamente la trayectoria para mantenerse alineado. Esa corrección no se hace girando el avión como si fuese un coche, sino inclinando ligeramente las alas y orientando el morro en ángulo con respecto a la pista, en una técnica conocida como “crab” o “resbalar contra el viento”.
En un aeropuerto con pistas largas y anchas, los márgenes permiten absorber parte de ese empuje lateral sin mayores problemas. Pero en Hondarribia la pista apenas supera los 1.400 metros disponibles para aterrizar y está flanqueada por la ría por un lado y la ciudad por el otro. Eso significa que cualquier desviación cuenta, y no hay mucho espacio para correcciones tardías. A la dificultad se suma que este aeropuerto está clasificado como de tipo “C”, lo que implica que solo pilotos con entrenamiento específico pueden operar allí, precisamente porque fenómenos como el viento cruzado hacen que la operación sea más exigente que en otros aeródromos.
Otro aspecto importante es que los aviones no son iguales a la hora de enfrentarse a este fenómeno. Los modelos más pequeños, como los antiguos turbohélices ATR que operaban en Hondarribia, tienden a ser más sensibles al viento lateral porque pesan menos y ofrecen más superficie expuesta. Los reactores como el Airbus A319 o el A320neo que hoy usan Iberia y Vueling tienen más estabilidad, pero también cuentan con límites de certificación muy claros: por encima de cierta intensidad de viento cruzado no se les permite aterrizar. No es una cuestión de valentía del piloto, sino de seguridad y normativa.
El viento cruzado complica no solo la llegada, sino también la salida. Al despegar, un avión acelera por la pista hasta levantar el vuelo. Si en ese momento una ráfaga lateral lo empuja, puede desviarse de su trayectoria central. Aquí la pericia de los pilotos es esencial: deben usar los pedales del timón de dirección (si entendemos la cola como una “+” sería la línea vertical) para mantener el avión recto mientras gana velocidad, un poco como cuando conduces un coche en una carretera con viento fuerte y tienes que corregir constantemente el volante para no salirte del carril.
En San Sebastián, el viento sur es uno de los que más complica la operativa. Aunque suele ser seco y puede mejorar la visibilidad, entra de forma lateral en la orientación de la pista (04/22) y provoca que algunos vuelos tengan que desviarse a aeropuertos alternativos como Bilbao o Pamplona. Cuando ocurre, muchos pasajeros piensan que es un fallo de organización o de previsión, pero en realidad se trata de una decisión de seguridad: si el viento supera los límites permitidos, lo correcto es no intentar el aterrizaje.
La situación se vuelve todavía más exigente cuando el viento cruzado se combina con otras condiciones adversas, como lluvia o pista mojada. En esas circunstancias, no basta con mantener el avión alineado; también hay que asegurarse de que los frenos responderán al máximo cuando toque tierra. Por eso, en días de temporal, es más frecuente que se produzcan maniobras de “go around”, es decir, frustrar el aterrizaje y volver a intentarlo más tarde o desviarse a otro aeropuerto. Lejos de ser un fracaso, estas decisiones demuestran la prudencia y profesionalidad de los pilotos, que priorizan la seguridad por encima de la puntualidad.
Para el pasajero, todo esto se traduce en una experiencia curiosa y, en ocasiones, algo inquietante. Puede que al aterrizar note que el avión llega ligeramente inclinado o que toca primero una rueda y luego la otra. Son maniobras perfectamente normales en un aterrizaje con viento cruzado, diseñadas para absorber ese empuje lateral de forma segura. Aunque pueda parecer extraño desde la ventanilla, lo cierto es que detrás hay un entrenamiento muy exigente y procedimientos estandarizados que garantizan que todo se haga con precisión.
En definitiva, el viento cruzado es uno de los mayores retos en aeropuertos como el de San Sebastián, donde el espacio es limitado y el entorno no permite márgenes de error. Para los pilotos supone poner en práctica toda su habilidad técnica, y para los pasajeros, aunque no siempre sean conscientes, significa confiar en que cada decisión está tomada con la seguridad como prioridad absoluta. Así que la próxima vez que tu vuelo tarde en aterrizar en Hondarribia o acabe en Bilbao por el viento, recuerda que no es un inconveniente, sino la prueba de que en aviación no se juega con los elementos: se respetan.


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