El 23 de agosto de 1955, con la llegada de un Bristol de Aviaco desde Madrid, el Aeropuerto de Hondarribia inauguraba oficialmente sus operaciones. Era la puerta aérea de Gipuzkoa al resto del país, una infraestructura muy esperada tras décadas de proyectos, debates y retrasos. Apenas dos años después, el 25 de octubre de 1957, el aeropuerto viviría un episodio que quedaría marcado en su historia: el primer accidente registrado en sus instalaciones.
El protagonista fue un De Havilland DH-114 Heron, un avión británico de cuatro motores y tamaño medio, diseñado para vuelos cortos y que por entonces acababa de incorporarse a la flota de Aviaco. De hecho, la compañía lo había puesto en servicio en junio de ese mismo año, sustituyendo a los veteranos Bristol, y el aparato accidentado apenas tenía dos meses de vida operativa: había recibido su certificado de aeronavegabilidad el 10 de agosto de 1957. Era, en otras palabras, prácticamente nuevo.
El vuelo cubría la ruta regular Madrid–San Sebastián. Despegó de la capital cinco minutos antes de las once de la mañana y todo transcurrió con normalidad hasta la aproximación a Hondarribia. A las 12:10, el avión tocaba tierra en la pista guipuzcoana, pero lo que parecía un aterrizaje más se convirtió en un momento crítico. Al proceder al frenado, los pilotos comprobaron que los frenos de las ruedas principales no respondían. El sistema neumático que los accionaba había perdido presión, dejando al avión sin capacidad de detenerse de manera normal.
En esos instantes, el comandante José María Torres Ferrer tomó una decisión rápida: desviar la aeronave hacia un lateral de la pista para evitar seguir de frente y acabar en el agua. La maniobra llevó al Heron a salirse por el lado izquierdo, cayendo por un pequeño talud a unos veinte metros de la cabecera norte del aeropuerto. Por fortuna, el accidente ocurrió en bajamar, lo que evitó que el avión terminara sumergido en la ría.
El susto fue mayúsculo para los 14 pasajeros, pero la evacuación se realizó con calma. Todos pudieron abandonar la aeronave por su propia puerta, aunque con un balance de tres heridos: Pilar Zurbano sufrió la fractura de un brazo y otros dos pasajeros resultaron contusionados. El resto salió ileso. La tragedia pudo haber sido mayor, pero la rápida reacción de la tripulación y la suerte de que la marea estuviera baja evitaron consecuencias fatales.
El avión, sin embargo, quedó inservible. El impacto lo había dañado gravemente, y el hecho de quedar atrapado en la ribera de la ría complicaba aún más la situación. Para evitar que la próxima pleamar se lo llevara, se organizó un dispositivo de rescate que fue, en sí mismo, un ejemplo de cooperación local. Los bomberos del aeropuerto, junto a los de San Sebastián e Irún, participaron en la operación, sumándose también varios pescadores de la zona. La pieza clave la puso el Ayuntamiento de Hendaya, que facilitó una grúa de gran tamaño capaz de izar el aparato de nuevo a la plataforma aeroportuaria.
Más allá de los daños materiales, el accidente demostró la vulnerabilidad de una infraestructura que todavía estaba en sus primeros pasos. Los aviones de la época eran muy diferentes a los actuales: carecían de sistemas redundantes tan sofisticados como los que hoy conocemos, y la fiabilidad mecánica no siempre estaba garantizada. El Heron, pese a ser un modelo moderno para la época, acababa de mostrar que un simple fallo neumático podía desencadenar una emergencia.
Para Hondarribia, aquel suceso fue también un recordatorio de los riesgos asociados a la aviación, aunque afortunadamente sin víctimas mortales. El aeropuerto, que había nacido para acercar Gipuzkoa a Madrid y facilitar el desarrollo económico y turístico, tenía que convivir con la posibilidad de incidentes. Este primer accidente no frenó su actividad, pero sí se convirtió en una anécdota histórica que muchos aún recuerdan como el día en que el joven aeropuerto puso a prueba su capacidad de respuesta.
Hoy, cuando vemos despegar o aterrizar modernos Airbus y Embraer en la pista guipuzcoana, es fácil olvidar que la historia de Hondarribia comenzó con aviones mucho más pequeños y vulnerables. El episodio de 1957 forma parte de esa memoria, una de tantas que reflejan cómo este aeropuerto, enclavado en un lugar tan singular, ha ido escribiendo su historia con momentos de ilusión, polémicas, pero también con sustos que, afortunadamente, no pasaron a mayores.


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