El portaaviones del Bidasoa siempre ha sido un lugar singular. Una pista corta, encajada entre ciudades, río y montes, donde cada aterrizaje requiere precisión y la meteorología es decisiva. Esa complejidad se hizo evidente en uno de los episodios más trágicos de su historia. El accidente de 1968 ocurrido cerca del Aeropuerto de San Sebastián, cuando un elegante jet italiano acabó estrellado en Gaintxurizketa, dejando tras de sí una historia marcada por el destino y el azar.
El protagonista era un Piaggio PD-808, un moderno birreactor que representaba la entrada de la italiana Piaggio en el mercado de los pequeños jets ejecutivos. El origen de este modelo resulta curioso. Había nacido como un proyecto de la estadounidense Douglas Aircraft para competir en la aviación de negocios. Al no conseguir pedidos, fue vendido a Piaggio. A pesar de los esfuerzos comerciales de la firma italiana, el avión no tuvo éxito en el mercado civil. Su único cliente real fue la Aeronautica Militare, que lo utilizó para misiones especiales.

Durante un tiempo, un par de unidades fueron empleados como aviones de exhibición con los que se intentaba abrir hueco en el mercado civil. Uno de ellos, precisamente el que protagonizaría el accidente de Hondarribia, llegó a aparecer en la gran pantalla. En 1968 fue utilizado en la película Las Sandalias del Pescador, donde encarnaba el supuesto avión personal del Papa. En el metraje se aprecian decorados ficticios, como un interior con tres ventanillas en lugar de las dos reales del modelo. Un detalle que evidencia la dificultad de adaptar la realidad de un reactor tan pequeño a las necesidades del cine.
Aquel mismo avión, matriculado en Italia como I-PIAI, se encontraba pocas semanas después del rodaje en Madrid-Barajas, preparado para volar al norte de España. Su pasajero más ilustre era Lino Zanussi, propietario de la famosa empresa de electrodomésticos que llevaba su apellido. El industrial se había reunido el 19 de junio en Madrid con Armando Piaggio para cerrar la compra del aparato. Sería la primera venta del modelo a un particular.
Piaggio regresó satisfecho a Italia en un vuelo comercial, confiado en que el contrato estaba prácticamente cerrado. Zanussi decidió viajar en el propio jet que aspiraba a adquirir. Iba acompañado por otros tres pasajeros y dos pilotos de pruebas de la firma.
El plan inicial era volar a Bilbao, pero el aeropuerto vizcaíno se encontraba bajo mínimos meteorológicos. Había nubes bajas y visibilidad insuficiente para completar la aproximación con seguridad. En aviación cada aeropuerto establece unos mínimos de visibilidad y altura de nubes que no pueden sobrepasarse, y en este caso obligaron al desvío hacia San Sebastián, un recurso habitual cuando Bilbao no ofrecía garantías.
Minutos antes de las seis de la tarde, el reactor se preparaba para aterrizar en Hondarribia. En aquel entonces la pista estaba numerada como 23 (hoy es la 22, tras reajustes del norte magnético en su orientación). El procedimiento utilizado fue una aproximación al aeropuerto con el NDB, basada en una radioseñal mucho menos precisa que las ayudas actuales. El piloto debía calcular manualmente su trayectoria, lo que hacía la maniobra especialmente exigente con mal tiempo.
El avión completó la aproximación, pero a instantes de tocar pista la tripulación decidió frustrar la maniobra y realizar un go around, es decir, abortar el aterrizaje y volver a ascender para intentarlo de nuevo. Esta maniobra es segura y rutinaria, pero requiere espacio, potencia suficiente y una correcta configuración del avión. En ese segundo intento ocurrió la tragedia: el aparato no consiguió estabilizarse y acabó impactando contra colinas cercanas a Gaintxurizketa, en una zona cercana a las instalaciones de Radio Nacional de España. El golpe fue devastador y los seis ocupantes murieron en el acto.
La noticia conmocionó tanto a España como a Italia. No solo por la repentina pérdida de un empresario tan influyente como Lino Zanussi, cuya marca estaba presente en millones de hogares europeos, sino también por la dimensión simbólica del suceso: el avión que debía marcar el primer éxito comercial de Piaggio se convertía en protagonista de un accidente fatal en un aeropuerto ya de por sí complejo.
La coincidencia se tornó todavía más amarga cuando, pocas semanas después, se estrenó la película en la que el mismo reactor aparecía en manos de un Papa ficticio, como vehículo de paz y esperanza, mientras en la realidad su historia había terminado en tragedia en Gipuzkoa.
Más allá del impacto empresarial y mediático, el accidente puso de relieve las dificultades de operar en Hondarribia en los años sesenta. Con una pista corta y rodeada de obstáculos naturales, la pericia del piloto era el factor decisivo en maniobras como la aproximación NDB, mucho más rudimentaria que las actuales. Hoy, con sistemas de aproximación por satélite y aviones mucho más avanzados, resulta difícil imaginar un escenario como aquel, en el que la montaña terminó imponiéndose.
El suceso de 1968 se recuerda como uno de los accidentes más graves en la historia del Aeropuerto de San Sebastián. También refleja una época de transición en la aviación: la llegada de los jets ejecutivos, los intentos de abrir nuevos mercados y la modernización de las rutas en Europa. Una historia marcada por el progreso, pero también por la fragilidad de una tecnología que todavía estaba dando sus primeros pasos en un terreno tan exigente como el de Hondarribia.


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