El día a día junto a un aeropuerto nunca es una experiencia uniforme. Una misma pista, los mismos aviones y los mismos horarios pueden vivirse de formas muy distintas según el lugar desde el que se miren… y desde el que se escuchen. Esa diversidad de percepciones es la que aparece al escuchar a vecinos de Hondarribia y Hendaia sobre convivencia con el Aeropuerto de San Sebastián (Hondarribia).
Para recoger esas experiencias, se lanzó un cuestionario anónimo dirigido a residentes de ambos lados de la frontera. A los participantes se les plantearon tres preguntas sencillas: qué aspectos positivos ven en vivir cerca del aeropuerto, qué molestias perciben en su día a día y en qué momentos, y qué cambios o mejoras consideran que podrían ayudar a una mejor convivencia. El objetivo no era determinar quién tiene razón, sino entender cómo se vive realmente la cercanía del aeropuerto, con sus ventajas y sus molestias, desde perspectivas distintas.
Dos orillas, una misma realidad: cómo se vive el aeropuerto en Hondarribia y Hendaia
Las respuestas muestran un escenario complejo, sin blancos ni negros, donde conviven la comodidad cotidiana y el desgaste acumulado.
En el entorno de Hondarribia, una parte importante de los vecinos percibe el aeropuerto como una infraestructura útil y cercana. La posibilidad de viajar sin largos desplazamientos, incluso llegando a pie, aparece de forma recurrente. Para algunos, el aeropuerto forma parte del paisaje desde hace décadas y se ha integrado en la vida diaria con naturalidad. El ruido existe, pero suele describirse como puntual, asumible o comparable a otras molestias propias de un entorno urbano.
También hay quien valora el impacto indirecto del aeropuerto en el territorio: empleo, actividad económica, turismo o conexiones rápidas con otras ciudades. Desde esta óptica, el aeropuerto no se vive tanto como una fuente de conflicto, sino como un servicio que, con sus limitaciones, aporta ventajas claras.
Eso no significa que no haya molestias. En este lado aparecen con frecuencia cuestiones relacionadas con la movilidad: autobuses saturados, aparcamientos tensionados por vehículos de viajeros o una red de transporte público que, según algunos vecinos, no siempre está preparada para absorber la demanda que genera el aeropuerto. Son incomodidades más logísticas que acústicas, pero que influyen en la convivencia cotidiana.
Al cruzar la frontera hacia Hendaia, el relato cambia de forma notable. Aquí, una parte significativa de los vecinos expresa que el aeropuerto no les aporta beneficios directos. Muchos no lo utilizan, no lo asocian a una mejora en su calidad de vida y no perciben un retorno claro para su entorno inmediato. Desde esa posición, las molestias adquieren un peso mayor.
El ruido aparece como la principal fuente de malestar, especialmente durante los aterrizajes y despegues que sobrevuelan la playa y las zonas habitadas a baja altura. Pero no se describe solo como una cuestión sonora. En muchas respuestas se habla de interrupciones constantes, de dificultad para descansar o concentrarse, y de una sensación de tensión que se repite día tras día.
A esa incomodidad se suma, en algunos casos, una preocupación más profunda por la seguridad y la salud. Hay vecinos que describen miedo al ver los aviones pasar tan cerca, especialmente en zonas muy concurridas como la playa, o inquietud por la posible contaminación asociada al tráfico aéreo. Más allá de datos técnicos, lo que emerge es una vivencia emocional: la percepción de estar expuestos de forma permanente a algo que no controlan.
Otro elemento clave en el lado francés es la sensación de desequilibrio territorial. Varias personas expresan que las molestias se concentran en su entorno, mientras que los beneficios del aeropuerto se perciben mayoritariamente en el lado español. De ahí surgen peticiones para redistribuir trayectorias cuando la meteorología lo permita, reducir el número de vuelos o limitar el sobrevuelo de determinadas zonas. En los discursos más críticos, incluso se plantea la reducción drástica de la actividad o el cierre del aeropuerto, no tanto como provocación, sino como respuesta a un desgaste prolongado.
Entre ambas realidades no hay necesariamente contradicción, sino experiencias distintas frente a una misma infraestructura. Para unos, el aeropuerto es cercanía, movilidad y costumbre. Para otros, es ruido, preocupación y una carga difícil de asumir. Entender esa diferencia es clave para cualquier debate sereno sobre su presente y su futuro.
Este artículo no pretende cerrar la conversación ni ofrecer soluciones simples a una convivencia compleja. Su intención es más modesta, pero también más necesaria: escuchar, ordenar y mostrar cómo es la convivencia con el Aeropuerto de San Sebastián desde quienes lo tienen literalmente encima. Porque solo desde el reconocimiento de todas las percepciones —también las más incómodas— es posible avanzar hacia un diálogo más constructivo y menos polarizado.


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