Qué pasa si un avión pierde un motor al despegar en Hondarribia

Cuando un avión despega desde el Aeropuerto de San Sebastián, en Hondarribia, lo hace en un entorno tan espectacular como desafiante. La pista está encajonada entre el mar y el monte Jaizkibel, y a pocos metros comienza la frontera con Francia. Este paisaje, que enamora a cualquier pasajero que mira por la ventanilla, también obliga a los pilotos a operar con gran precisión. Y una de las preguntas más curiosas que surge es: ¿qué pasaría si uno de los motores fallara justo en el momento del despegue?

Lo primero que conviene saber es que los aviones comerciales están diseñados para volar de forma segura incluso con un solo motor. La normativa internacional obliga a que cualquier aeronave sea capaz de continuar ascendiendo aunque uno de sus motores deje de funcionar en el instante más crítico. Por eso, todos los modelos que vuelan en Hondarribia, como el Airbus A319, el Embraer E195 o el ATR, están certificados para hacerlo. Y además, las tripulaciones entrenan en simuladores exactamente este tipo de escenarios, una y otra vez, hasta que la respuesta se convierte en un reflejo automático.

Durante el despegue en San Sebastián, los pilotos utilizan la máxima potencia disponible, lo que en aviación se llama TOGA (siglas en inglés de “Take Off/Go Around”). Es literalmente “toda la fuerza del motor”. Esto garantiza que, si algo falla, el avión ya cuenta con la energía suficiente para ganar velocidad y altura. Es también la razón por la que, al despegar desde Hondarribia, el rugido de los motores suele ser más intenso que en otros aeropuertos: allí no sobra pista y todo debe estar al máximo desde el primer segundo.

Por ejemplo, en caso de que un motor se apague tras despegar por la pista 22, el avión no sigue recto hacia Irun. Por eso existe una trayectoria específica que los pilotos conocen bien y que se llama salida de emergencia por fallo de motor. En lenguaje técnico se denomina EOSID, pero lo importante es entender que no es una maniobra improvisada, sino un plan trazado con precisión milimétrica.

Esa ruta consiste en continuar la carrera inicial hacia el oeste, ganar algo de altura, y después virar de forma controlada hacia el norte para bordear el monte Jaizkibel. De este modo, la aeronave evita el terreno elevado y se dirige hacia una zona segura sobre el mar. Lo habitual es enfilar la salida por el valle de Pasajes San Juan, siguiendo una trayectoria que permite mantenerse siempre alejado de las montañas y con espacio para estabilizar el vuelo. Con un solo motor, la clave es no perder nunca margen de seguridad frente al terreno.

Todo esto está calculado de antemano. Antes de cada vuelo, los pilotos revisan qué gradiente de ascenso necesita el avión para superar los obstáculos en caso de emergencia. Es decir, la ganancia de altura por cada unidad de distancia horizontal recorrida. Este gradiente se mide en porcentaje y, en el caso de Hondarribia, es especialmente exigente (ejemplo: un gradiente del 2.4% significa que se ganan 24 pies de altura por cada 1,000 pies de avance horizontal). Eso significa que, a veces, el avión no puede despegar con todo el peso que le gustaría. Para compensar, las aerolíneas ajustan la carga de pasajeros, equipaje o combustible, priorizando siempre la seguridad.

Si tras un fallo de motor el avión no pudiera regresar con garantías a Hondarribia, los pilotos tienen alternativas muy cercanas: Bilbao, a unos 100 kilómetros, o Biarritz, a apenas 30. Ambos aeropuertos disponen de pistas más largas y entornos menos complejos, lo que facilita un aterrizaje de seguridad. La decisión depende de la situación concreta, pero en cualquier caso el procedimiento ya está previsto antes de despegar.

El hecho de que todo esto esté tan planificado es lo que hace que volar siga siendo el medio de transporte más seguro. Un fallo de motor es un evento extremadamente raro, pero en Hondarribia se asume que hay que estar preparado incluso para lo improbable. Por eso el aeropuerto está catalogado como “de categoría C”, lo que significa que los comandantes necesitan un entrenamiento específico en simulador para poder operarlo. Allí practican no solo despegues y aterrizajes con normalidad, sino también a gestionar emergencias como esta en un entorno complejo.

Desde la cabina, si un motor falla, lo primero que hacen los pilotos es mantener el control del avión, aplicar la máxima potencia en el motor que sigue activo y compensar la tendencia natural de la aeronave a girar hacia el lado del motor apagado. Después siguen al pie de la letra el procedimiento que ya conocen: la salida de emergencia que rodea Jaizkibel y se abre hacia el mar por Pasajes San Juan. Y lo hacen con la tranquilidad de haberlo practicado en un simulador hiperrealista.

Así que la próxima vez que despegues desde Hondarribia y sientas la fuerza de los motores llevándote hacia arriba, piensa que detrás hay toda una ingeniería y un entrenamiento enfocados en garantizar que, incluso en el peor escenario, el vuelo seguiría siendo seguro. Lo que para el pasajero es un paisaje precioso con mar y montaña, para los pilotos es también un reto profesional que demuestra por qué la aviación es capaz de volar con confianza incluso en los aeropuertos más exigentes.

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