El Aeropuerto de San Sebastián, en Hondarribia, destaca por muchas razones: su pista está encajonada entre el mar, el monte Jaizkibel y la frontera con Francia. Pero hay algo menos evidente que también lo hace especial: su pavimento. En concreto, la pista cuenta con una capa llamada PFC, siglas en inglés de Porous Friction Course o capa porosa de fricción. Puede sonar técnico, pero tiene una misión clara y es evitar que los aviones patinen cuando llueve.
Se consigue gracias a su estructura “esponjosa”, que permite evacuar el agua de forma inmediata y mantener la superficie seca, incluso bajo una tormenta. En un aeropuerto como el de Hondarribia, donde la pista es corta y no hay margen para errores, esto marca la diferencia entre un aterrizaje seguro y una situación de riesgo.
El PFC es un tipo de asfalto especial con huecos en su interior. Se fabrica con piedras de alta calidad y un aglutinante (bitumen), pero dejando muchos espacios vacíos, como si fuera un panal. Esta textura porosa permite que el agua no se quede en la superficie, sino que se filtre a través del pavimento rápidamente. Debajo del PFC hay una capa impermeable que guía el agua hacia los lados de la pista. Así se evita que se acumule bajo las ruedas del avión y se genere el temido aquaplaning (cuando los neumáticos “flotan” sobre una fina capa de agua entre estos y el asfalto, perdiendo tracción).
En Hondarribia, esto es vital: los aviones como el Airbus A319 o el Embraer E2 tocan pista a más de 200 km/h. A esa velocidad, cualquier lámina de agua puede impedir el frenado efectivo. El PFC actúa como una esponja rígida que drena al instante y mantiene la adherencia incluso con lluvia intensa.
Imagina correr con zapatillas deportivas por suelo mojado: tienen dibujo y agarran bien. Ahora hazlo con zapatos de suela lisa: probablemente resbales. La pista con PFC funciona como esas zapatillas: “muerde” mejor el neumático del avión que un pavimento normal. Otro ejemplo: derramar agua sobre un cristal crea charcos. Pero si lo haces sobre tierra porosa, el agua desaparece. El PFC hace justo eso, pero con una precisión milimétrica. Incluso si la lluvia es torrencial y satura temporalmente la pista, el PFC sigue ayudando. Las propias ruedas del avión, al pasar, empujan el agua hacia los huecos del pavimento y la expulsan lateralmente, despejando la zona de contacto y permitiendo seguir frenando con eficacia.
La pista de Hondarribia no es como la de Madrid o Barcelona. Tiene casi 1.600 metros disponibles para el despegue y 1.427 metros para el aterrizaje. Es poco margen. Por eso, la fricción con la pista tiene que ser óptima, especialmente en días de lluvia.
Gracias al PFC, los aviones pueden aterrizar con mayor seguridad aunque el clima no acompañe. Esto compensa, en parte, la imposibilidad de alargar la pista debido a la geografía del lugar. Además, al reducir salpicaduras, el PFC también mejora la visibilidad para los pilotos y disminuye el riesgo de que gotas grandes entren en los motores, algo crítico para aeronaves tipo reactor.
El PFC necesita mantenimiento. Con el tiempo, sus huecos pueden obstruirse por polvo, tierra o caucho que sueltan los neumáticos al aterrizar. Si no se limpia, deja de drenar. Por eso, AENA realiza limpiezas regulares con maquinaria especial que aplica agua a presión. En casos extremos, se renueva la capa superior. No todos los aeropuertos usan este tipo de pavimento, precisamente porque su mantenimiento es exigente, pero en lugares como Hondarribia, el beneficio supera con creces el esfuerzo.
Además del PFC, la pista de Hondarribia está ranurada. Es decir, tiene surcos tallados en la superficie, conocidos como grooving. Estos canales adicionales ayudan a evacuar aún más rápido el agua, reforzando el efecto drenante del PFC. De hecho, Vueling pidió expresamente este sistema para poder seguir operando con aviones Airbus A319 en Hondarribia.
El ranurado se hizo en 2017, después de que se redujera la longitud de la pista por exigencias de seguridad europeas. La normativa internacional (OACI) exige una longitud mínima de 90 metros más allá de la pista, y recomienda idealmente hasta 240 metros, con un ancho al menos el doble del de la pista. En el caso de este aeródromo se segmentaron 90 metros en cada extremo. El resultado es una pista que, incluso siendo corta y bajo lluvia, ofrece una fricción excelente y permite mantener las operaciones con total seguridad.

Muchos pasajeros no se dan cuenta de estas mejoras. Pero cuando llueve fuerte y el avión aterriza sin sobresaltos, es en gran parte gracias al trabajo “invisible” de tecnologías como el PFC y el grooving. En un aeropuerto como el de San Sebastián, donde cada metro cuenta, un suelo bien diseñado puede marcar la diferencia. No es solo asfalto: es una herramienta de seguridad tan importante como los pilotos o los sistemas de navegación. Así que la próxima vez que vueles bajo un aguacero hacia Hondarribia, ya sabes que, aunque no lo veas, el suelo también está haciendo su parte para que llegues bien.


Deja un comentario