Hay días en los que la historia pasa de puntillas, y otros en los que irrumpe sin pedir permiso. En San Sebastián, uno de esos días fue el 7 de mayo de 1945. A las seis de la mañana, un avión alemán, un Heinkel 111 H-23, apareció sin aviso sobre la bahía de La Concha y amerizó con un golpe seco que pudo despertar a media ciudad. Dentro de aquel fuselaje con la cruz negra de la Luftwaffe, fuerza aérea nazi, viajaba un fugitivo que parecía inventado: Léon Degrelle.
Para entender la dimensión de lo que ocurrió aquel amanecer, hay que detenerse en el personaje. Degrelle, nacido en Bouillon (Bélgica) en 1906, fue mucho más que un colaboracionista nazi. Antes de vestir el uniforme de las Waffen-SS, había fundado el rexismo, un movimiento fascista belga de inspiración católica. Culto, elocuente, manipulador y con una facilidad extraordinaria para reinventarse, Degrelle ha sido descrito por historiadores como un mitómano profesional, alguien capaz de reescribir su vida tantas veces como fuera necesario para salir indemne. Sus memorias están llenas de exageraciones, anécdotas dudosas y frases grandilocuentes, como aquella en la que afirmaba que Hitler le dijo que habría querido un hijo como él.
A mediados de 1944, cuando la Alemania nazi empezaba a derrumbarse, Degrelle intuyó el final. Recorrió los últimos refugios del régimen —Baden-Baden, Sigmaringen, Milán, Berlín— mientras intentaba retrasar lo inevitable. En abril de 1945 reunió a lo que quedaba de su unidad y admitió que la guerra estaba perdida. Les entregó documentación falsa y les aconsejó desaparecer. Para él, sin embargo, quedaba otro intento de huida.
Su fuga parece escrita para el cine. Pasó de Alemania a Dinamarca, y de allí a Noruega, donde aún quedaban 300.000 soldados alemanes sin órdenes claras. En Oslo consiguió lo que sería su último salvavidas: un Heinkel 111 H-23 con autonomía limitada y una tripulación dispuesta a arriesgarse. El plan era llegar a España sorteando la rendición aliada. El avión, incapaz de volar la ruta directa, avanzó guiándose por luces aisladas y referencias improvisadas. Degrelle aseguró más tarde haber sobrevolado París en plena celebración; la mayoría de historiadores coinciden en que probablemente sea otra de sus invenciones. Lo que sí es seguro es que, al amanecer, sobre Biarritz, el combustible se agotó.
Y entonces sucedió lo improbable. El piloto, Albert Duhringer, convirtió el Heinkel en un planeador y lo hizo cruzar la frontera. El bombardero descendió sobre San Sebastián, rozó edificios cercanos y amerizó en La Concha. Si hubiera caído unos kilómetros más al norte, en territorio francés, Degrelle habría sido capturado en cuestión de horas. En cambio, cayó en España. Pocas veces un margen tan pequeño ha cambiado tanto el destino de alguien.
El impacto fue brusco: Degrelle sufrió fracturas y fue trasladado al Hospital Militar General Mola, en Egia. La tripulación salió mejor parada. A partir de ese momento se abrió una segunda vida aún más extraña que la primera. Bélgica, habiéndolo condenado en su ausencia a muerte y luego a cadena perpetua, pidió su extradición. España respondió que desconocía su paradero mientras, en paralelo, lo ocultaba. Amigos influyentes lo sacaron discretamente del hospital y lo escondieron, según relatos, primero en Errenteria y después en Madrid. Allí pasó más de un año encerrado en un cuarto oscuro, con un colchón y poco más, protegido del exterior y también de la justicia. También en este lugar recibió la noticia de la muerte de sus padres. Desde su refugio escribió que sintió apagarse, aunque, como casi siempre en su vida, volvió a salir adelante.
La España de posguerra fue terreno fértil para alguien como él. Conectó con figuras del régimen, se instaló en Málaga y finalmente logró un movimiento legal que parece sacado de una novela: fue adoptado por una mujer sevillana y facilitando así la obtención de la nacionalidad española bajo el nombre de León José Ramírez Reina. En Andalucía levantó una casa, “La Carlina”, llena de objetos arqueológicos y piezas cuyo origen nunca estuvo del todo claro.
Pasó décadas entre apoyos, rechazos y una colección interminable de relatos dudosos. Negó el Holocausto, defendió a Hitler hasta el final y escribió catorce tomos sobre su propia vida, siempre desde una perspectiva heroica, selectiva y, a menudo, fantasiosa. La democracia llegó, pero él siguió construyendo su propio relato desde la sombra. Murió en Málaga en 1994, dejando atrás una biografía marcada por la huida permanente y la falta absoluta de arrepentimiento.
Para San Sebastián, aquel 7 de mayo no fue solo un sobresalto matutino. Fue el instante en que la historia global, la guerra que había arrasado Europa, se materializó de golpe sobre la bahía. Para Degrelle, fue el giro que le permitió seguir escapando cuando todo indicaba que su camino terminaba allí. La ciudad, tan acostumbrada al silencio elegante y a las historias discretas, vio aquella mañana cómo un fugitivo caído del cielo iniciaba la última y más larga de sus huidas.


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