La historia de Iberia es, en buena medida, la historia de cómo España aprendió a mirarse desde el aire. Nació en 1927 en un contexto en el que el Estado acababa de decidir que la aviación no podía depender solo del empuje de pioneros y clubes. Había que ordenar aeródromos, trazar rutas y convertir el cielo en una red útil.
Hasta entonces, quien quisiera volar con regularidad debía, además de comprar aviones, improvisar su propio “campo de vuelo”: un terreno llano, señalizado con una manga de viento y la famosa “T” que marcaba la dirección del viento dominante. Si a ese campo se añadían servicios como combustible, taller, personal, aduanas, ascendía a la condición de “aeropuerto”. Era una aviación de pulso local y mucho ingenio.
Con la reorganización de 1923 bajo el gobierno de Primo de Rivera, la aeronáutica pasa a control militar y el Ministerio de la Guerra toma las riendas. Establece un plan estatal de líneas, clasificación de “puertos aéreos” y una idea clara de red: radial, con Madrid en el núcleo, como los trenes y carreteras.
A ese impulso se sumó la presión internacional. Alemania y Francia competían por abrir puentes a Sudamérica; empresas alemanas como Junkers y la recién rebautizada Lufthansa querían socios en la Península para extender sus rutas. De esa mezcla nace Iberia, Compañía Aérea de Transportes, que inaugura el servicio Madrid–Barcelona en diciembre de 1927, mientras Unión Aérea Española (con capital de Junkers) abre Madrid–Sevilla y Madrid–Lisboa en abril de ese mismo año.
Horacio Echevarrieta, empresario euskaldun, jugó un papel decisivo en el nacimiento de Iberia. Fue él quien, en 1927, junto con la compañía germana Lufthansa, impulsó la creación de la aerolínea que más tarde se convertiría en la compañía de bandera española.
Su participación fue mucho más que simbólica. Asumió gran parte del accionariado y aportó el respaldo económico y político necesario para que el proyecto pudiera despegar en un momento en el que España aún dudaba sobre cómo organizar su transporte aéreo. El nombre de Echevarrieta merece estar junto al de los pioneros que pusieron a España en el mapa aéreo europeo, situando a Euskadi a su vez en la primera línea de la historia de la aviación comercial del país.
El Estado quiso después una gran compañía nacional subvencionada. El concurso acabó forzando la unión de los proyectos en la Concesionaria de Líneas Aéreas Subvencionadas (CLASSA), que desde 1929 operó las rutas troncales. La II República devolvió la aviación civil al ámbito civil y creó Líneas Aéreas Postales Españolas (LAPE) en 1933, heredera de aquella concesionaria. Surgida con la misma lógica de consolidar una red estable con recursos públicos, en un país que apenas contaba con aeropuertos equipados.
La Guerra Civil desordenó el tablero y convirtió el avión en herramienta militar, logística y diplomática. En 1937, Iberia resurge con apoyo alemán para operar líneas de enlace con trimotores Junkers Ju-52: Tetuán, Sevilla, Salamanca, Burgos, Vitoria… una malla de rutas que conectaban el norte y el sur peninsular y, a través de Lisboa, con traficantes de noticias y correo. Eran vuelos ásperos, de cabinas con olor a aceite y chapa ondulada, pero decisivos para un país partido en dos.
Concluida la guerra, el Ministerio del Aire concentró competencias y, en 1940, otorgó a Iberia la exclusividad del tráfico nacional por veinte años. En plena II Guerra Mundial, los aliados recelaron de la participación de Lufthansa en Iberia. El combustible era palanca política. A cambio de reponer parte del suministro, España aceptó la salida alemana del capital debido al papel de esta nación en la presente guerra.
En 1943, el Instituto Nacional de Industria (INI) pasa a controlar la mayoría y en 1944 un acuerdo con Estados Unidos abre por fin la puerta a la normalización del transporte aéreo español. La “Iberia estatal” queda lista para escribir la posguerra, ahora con Barajas como base y una red que se agranda muy poco a poco.
¿Y Gipuzkoa? La cornisa cantábrica había quedado al margen de las prioridades iniciales por pura geografía. Rías, marismas, colinas y núcleos urbanos apretados hacían difícil encontrar una franja lo bastante larga, despejada de obstáculos y con hueco para las áreas de seguridad modernas.
Una ciudad, entonces llamada Fuenterrabía, insistió junto a Irun desde la primera década del siglo XX. en albergar un aeropuerto. Pero el proyecto exigía cirugía fina entre el mar y el monte. Por eso, llega más tarde al mapa, inaugurándose su aeropuerto en 1955 con, entre otros, un vuelo de Iberia en DC-3, el bimotor clásico que democratizó el transporte aéreo en medio mundo. De tren robusto, flaps generosos y una docilidad que lo hizo leyenda. Aquel día no se estrenaba solo una pista. Se abría, por fin, la puerta aérea natural de Gipuzkoa.
Mientras tanto Iberia había ido cambiando de piel sin perder nombre. Pasó de empresa mixta a compañía de bandera. De los Ju-52 de chapa ondulada a los DC-3 y, más tarde, a los reactores. De operar al ritmo de los vaivenes políticos a sostener una red que cosía la península y hacía de España un país “pequeño por el aire”. Los planes estatales, a veces ambiciosos, a veces precavidos, y la normativa internacional empujaron a un resultado estable: aeropuertos públicos, navegación ordenada, seguridad por encima de todo y una compañía capaz de dar servicio con la flota adecuada a cada territorio.
Quizá por eso la historia de esta aerolínea se lee como un espejo del país. Primero, los años de prueba y error con aeródromos municipales y vuelos de exhibición; después, la apuesta del Estado por una red nacional; más tarde, la guerra y la posguerra con el pragmatismo de los acuerdos; y, por fin, la etapa del crecimiento comercial que llevó aviones cada vez más modernos a ciudades de toda España.
Algunas, como San Sebastián, tuvieron que esperar a que la ingeniería y la administración encajaran todas las piezas. Pero cuando el DC-3 tocó rueda en 1955, la postal fue clara: aquel cielo radial de los veinte, pensado desde Madrid, se había extendido por fin hasta la bahía de Txingudi.
Hoy, cuando vemos despegar un vuelo doméstico puntual, damos por hecho que hay pista, torre, balizaje, bomberos, aduanas si hacen falta y un entramado de normas que suenan lejanas. Eso es, en el fondo, lo que construyó Iberia con el Estado durante décadas. Lejos quedó la época en la que cada línea exigía levantar un aeródromo propio. Por delante, la promesa de seguir conectando territorios con el avión correcto para cada pista. Desde 1927, transformar la aventura en servicio público ha sido el hilo conductor. Y en 1955, cuando el DC-3 subió los flaps sobre Hondarribia, Gipuzkoa se sumó de pleno a esa historia.


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